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La amistad con los ancianos, que empezó en 1972, ha continuado a lo largo de los años con la fidelidad a las personas y a los problemas.
La amistad ha sido el camino que nos ha ayudado a penetrar con profundidad en el continente de los ancianos.
En efecto, encontramos a nuestros primeros amigos ancianos en Roma, en las barriadas de di Primavalle y Garbatella y justo después en Trastevere, en centro histórico, cuando se volvieron a abrir las puertas antiguas del monasterio de Sant'Egidio para acoger la oración vespertina de la Comunidad. Precisamente fueron los ancianos los primeros que se asomaron y unieron a la oración de la Comunidad. Entonces todos éramos jóvenes, estudiantes universitarios o de instituto, no disponíamos de una cultura "geriátrica", ni nos dábamos cuenta que en nuestra sociedad se estaban produciendo transformaciones profundas que una década después nos harían hablar de "revolución demográfica". El interés por los ancianos nació de una constatación: eran grandes enfermos de soledad que pedían compañía y apoyo. Rápidamente nació la simpatía, una sintonía con sus problemas. Filomena, Venere, Paolina, Nello y muchos otros: son personas, con las que hemos escrito una parte importante de nuestra historia de comunidad cristiana. Con ellos ha crecido una verdadera "alianza" de la Comunidad con los ancianos.
Aunque con gustos, cultura, lenguaje muy diferentes, descubrimos que la amistad entre generaciones diferentes, entre una joven y una anciana, es posible. Les podíamos ofrecer nuestro bien más precioso: la fraternidad. Como amigos podíamos ayudarles, entenderles, escucharles, podíamos sostenerles.
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