Liturgia del domingo

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XIV del tiempo ordinario
Festividad del apóstol Tomás. Confesó a Jesús como su Señor y, según la tradición, dio testimonio de él hasta la India.


Primera Lectura

Isaías 66,10-14

Alegraos, Jerusalén, y regocijaos por ella
todos los que la amáis,
llenaos de alegría por ella
todos los que por ella hacíais duelo; de modo que maméis y os hartéis
del seno de sus consuelos,
de modo que chupéis y os deleitéis
de los pechos de su gloria. Porque así dice Yahveh:
Mirad que yo tiendo hacia ella,
como río la paz,
y como raudal desbordante
la gloria de las naciones,
seréis alimentados, en brazos seréis llevados
y sobre las rodillas seréis acariciados. Como uno a quien su madre le consuela,
así yo os consolaré
(y por Jerusalén seréis consolados). Al verlo se os regocijará el corazón,
vuestros huesos como el césped florecerán,
la mano de Yahveh se dará a conocer a sus siervos,
y su enojo a sus enemigos.

Salmo responsorial

Psaume 65 (66)

Aclamad a Dios, la tierra toda,
salmodiad a la gloria de su nombre,
rendidle el honor de su alabanza,

decid a Dios: ¡Qué terribles tus obras!
Por la grandeza de tu fuerza,
tus enemigos vienen a adularte;

toda la tierra se postra ante ti,
y salmodia para ti, a tu nombre salmodia. Pausa.

Venid y ved las obras de Dios,
temible en sus gestas por los hijos de Adán:

él convirtió el mar en tierra firme,
el río fue cruzado a pie.
Allí, nuestra alegría en él,

que por su poder domina para siempre.
Sus ojos vigilan las naciones,
no se alcen los rebeldes contra él. Pausa.

Pueblos, bendecid a nuestro Dios,
haced que se oiga la voz de su alabanza,

él, que devuelve nuestra alma a la vida,
y no deja que vacilen nuestros pies.

Tú nos probaste, oh Dios,
nos purgaste, cual se purga la plata;

nos prendiste en la red,
pusiste una correa a nuestros lomos,

dejaste que un cualquiera a nuestra cabeza cabalgara,
por el fuego y el agua atravesamos;
mas luego nos sacaste para cobrar aliento.

Con holocaustos entraré en tu Casa,
te cumpliré mis votos,

los que abrieron mis labios,
los que en la angustia pronunció mi boca.

Te ofreceré pingües holocaustos,
con el sahumerio de carneros,
sacrificaré bueyes y cabritos. Pausa.

Venid a oír y os contaré,
vosotros todos los que teméis a Dios,
lo que él ha hecho por mí.

A él gritó mi boca,
la alabanza ya en mi lengua.

Si yo en mi corazón hubiera visto iniquidad,
el Señor no me habría escuchado.

Pero Dios me ha escuchado,
atento a la voz de mi oración.

¡Bendito sea Dios,
que no ha rechazado mi oración
ni su amor me ha retirado!

Segunda Lectura

Gálatas 6,14-18

En cuanto a mí ¡Dios me libre gloriarme si nos es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado para el mundo! Porque nada cuenta ni la circuncisión, ni la incircuncisión, sino la creación nueva. Y para todos los que se sometan a esta regla, paz y misericordia, lo mismo que para el Israel de Dios. En adelante nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús. Hermanos, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vuestro espíritu. Amén.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 10,1-12.17-20

Después de esto, designó el Señor a otros 72, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Y les dijo: «La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: "Paz a esta casa." Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: "El Reino de Dios está cerca de vosotros." En la ciudad en que entréis y no os reciban, salid a sus plazas y decid: Hasta el polvo de vuestra ciudad que se nos ha pegado a los pies, os lo sacudimos. Pero sabed, con todo, que el Reino de Dios está cerca. Os digo que en aquel Día habrá menos rigor para Sodoma que para aquella ciudad. Regresaron los 72 alegres, diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre.» El les dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

Para Jesús, que había empezado su viaje a Jerusalén, era importante que la gente que iba a encontrar estuviera preparada para recibir su predicación. De ahí que enviara a los 72 discípulos en misión a las ciudades y pueblos de Galilea. El número 72 es simbólico: era el número de los pueblos de la Tierra. El significado era claro: desde la pequeña Galilea, Jesús tiene ante sus ojos todos los pueblos de la Tierra. Y quiere que todos puedan recibir el Evangelio y salvarse. Es voluntad del mismo Jesús que la predicación cristiana llegue a todos, sin excluir a nadie. Esta tensión misionera es especialmente actual en este momento de la historia. Por desgracia, hay muchas personas -creyentes y no creyentes- que sienten la tentación de mirarse solo a ellos mismos, de cerrarse en sus fronteras. Jesús, en cambio, invita a todos a levantar la mirada: "La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies".
Las muchedumbres de hoy día tienen miedo, están desorientadas, tristes, oprimidas por la violencia y los conflictos, y también por las pandemias y los trastornos de la creación. Todos -podríamos decir- esperan a aquellos setenta y dos discípulos que van por todas partes de dos en dos. Podríamos pensar que son pocos en comparación con la inmensidad de la demanda. Es una tentación insidiosa. Para el Señor solo hacen falta dos que sepan visitar las casas y las ciudades llevando el saludo de paz. Su fuerza no viene de estrategias humanas, sino del Evangelio del amor. Y Jesús explica la fuerza que tienen, aunque aparentemente sean débiles: "Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos". Puede parecer difícil que un "cordero" obligue a un "lobo" a cambiar de vida; que el amor derrote los miedos, la arrogancia y la violencia que parecen reinar en el corazón de mucha gente. Pero el Evangelio es la única fuerza de los discípulos. Lo saben bien aquellos cristianos que son víctimas de persecuciones. El testimonio de uno de ellos, el padre Jacques Mourad, monje sirio prisionero de Estado Islámico, es precioso. Nos dice que "la guerra transforma incluso a los mejores hombres en bestias", en lobos, podríamos decir. Pero también añade: "Vi cómo mis verdugos cambiaban. Vi cómo se abría su corazón... la compasión y la oración por nuestros enemigos pueden salvar al mundo de la barbarie hacia la que se está precipitando". El padre Jacques es uno de aquellos corderos que derrotan a los lobos solo con la fuerza del Evangelio. Es la única fuerza que cambia el mundo. Todos -unos más, otros menos- somos testigos de los milagros del Evangelio del amor, hasta el punto de que podemos hacer nuestra la alegría de aquellos setenta y dos: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Y Jesús repite también para nosotros: "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo". Es el milagro del amor por los pobres que permite ver cómo cae el muro de indiferencia y se crean lazos de amor. Así crece la alegría de quien es ayudado y de quien ayuda. Es la invitación a alegrarse porque este lazo de amor escribe nuestros nombres en el cielo.