Comunidad de San Egidio

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Chiesa di Sant'Egidio - Roma

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a cargo de
Francesca Zuccari

 

Pequeñas prisiones

Muchas personas han estado alguna vez detenidas. Además, la cárcel ha sido la antecámara de la vida en la calle: cuando salen de la cárcel, en ausencia de alternativas, (apoyo en la familia u otro) se encuentran sin puntos de referencia.

Los delitos de los que en general son personas sin techo entran en la llamada "microcriminalidad": por una parte la escasa gravedad de los delitos y por la otra los beneficios previstos en la ley para penas inferiores a dos/tres años, (confianza en el Servicio Social, semilibertad, etc.) harían pensar en buenas posibilidades de reinserción para esta grupo de detenidos. Los comportamientos desviados de las personas sin techo tienden a repetirse en el tiempo por ausencia de alternativas sustanciales.

Quien se equivoca paga dos veces

La experiencia de una detención en estos casos, en efecto, se introduce en situaciones personales y familiares a menudo difíciles, tanto desde el punto de vista económico como cultural: esta posición de desventaja, junto a la carencia de recursos del sistema de seguridad social, hace que quien se "equivoque", pague una pena doble: la detención y la sucesiva repetida exclusión del contexto social y laboral.

Quien tiene antecedentes penales tiene pocas posibilidades de encontrar un trabajo regularmente retribuido. La ausencia de un domicilio fijo agrava esta situación: la búsqueda de un trabajo es casi imposible a menos que encuentre contemporáneamente un alojamiento, por otra parte inalcanzable para una persona sin renta fija.

La vida como una prisión

A veces las condiciones físicas de quien vive por la calle están tan deterioradas que tras un periodo en la cárcel se restablecen porque ha tenido la posibilidad de comer regularmente. Paradójicamente, para algunas personas la cárcel se convierte en la única "casa" de la que han podido disfrutar y el trabajo como recluso su único trabajo "en regla": es un aspecto particular pero real en la vida de las personas sin techo. No falta el deseo de trabajar pero las oportunidades para un detenido sin domicilio fijo son muy escasas. 

Para ellos también es muy difícil disfrutar de las medidas alternativas a la detención. La primera dificultad es de orden económico: la imposibilidad de pagarse un abogado hace que recurran a un abogado de oficio. Además, no siempre disponen de las informaciones necesarias para solicitar los benéficos a los que tienen derecho: es necesario estar en contacto con el exterior, tener un conocimiento de los recursos del sistema social que quien vive en la calle a menudo no tiene.

Un papel decisivo está de nuevo determinado por la posibilidad de tener un domicilio estable, indispensable para obtener medidas alternativas como los arrestos domiciliarios o los permisos o un servicio social.