Vigilia del domingo

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 28,30-31

Pablo permaneció dos años enteros en una casa que había alquilado y recibía a todos los que acudían a él; predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente al Señor Jesucristo con toda valentía, sin estorbo alguno.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas concluye su obra con un brevísimo epílogo (una sola frase) que sirve como resumen: ha empezado la misión cristiana desvinculada de la sinagoga y abierta a todas las naciones. Roma se convierte en el lugar en el que el mensaje evangélico se proclama sin obstáculo. El autor escribe que Pablo se quedó en aquella casa, situada muy probablemente cerca del barrio judío, durante dos años. Y la transformó en un centro misionero. A pesar de tener el cuerpo encadenado, Pablo llevó a cabo un intenso trabajo apostólico «con toda valentía, sin estorbo alguno» (v. 31). Recibía a gente en la casa, les predicaba, rezaba y escribía cartas a las comunidades lejanas. Nada, ni siquiera las cadenas, impedía que el apóstol comunicara el Evangelio. ¡Qué gran ejemplo para nosotros, que tenemos a nuestra disposición instrumentos y medios, y aun así tenemos dificultad en hablar al corazón de la gente o incluso olvidamos hacerlo! Llegados a este punto, Lucas interrumpe bruscamente la narración, como si quisiera decir que a partir de aquí empieza la difusión del cristianismo en todo el mundo. No narra ni siquiera el martirio de Pablo. Sabemos por otras fuentes que hacia finales del segundo año de permanencia en Roma cambió el clima político para con los cristianos y Nerón desencadenó una persecución durante la que tanto Pedro como Pablo fueron asesinados. Lucas subraya solo que Pablo predicaba con franqueza la fe cristiana. Aquel joven que guardaba los mantos mientras Esteban era lapidado, pero que se había dejado seducir por Jesús hasta el punto de ponerse en camino por el mundo «anunciando el Evangelio y curando a los enfermos», se convirtió en uno de los pilares de aquella Iglesia. Pablo, que debía dar testimonio en Roma (23,11), asumió el compromiso de dar testimonio «hasta los confines de la tierra» (1,8). Al llegar a Roma como ciudadano romano, es decir, del mundo, Pablo, a pesar de tener el cuerpo encadenado, vivió la gran libertad del discípulo de Jesús. En la segunda carta a Timoteo escribe: «Por él estoy sufriendo en la cárcel, como si fuera un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada» (2 Tm 2,9).