Vigilia del domingo

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Oración por la unidad de los cristianos. Recuerdo especial de las antiguas Iglesias de Oriente (siro-ortodoxa, copta, armenia, etíope, siro-malabar) y de la Iglesia asiria.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 3,20-21

Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían: «Está fuera de sí.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús vuelve a la casa de Cafarnaún. Y de inmediato se reúne una gran muchedumbre alrededor suyo, hasta el punto de impedirle incluso comer. Es siempre esa muchedumbre de necesitados por la que Jesús se conmueve y por la que no parece darse paz. Esta escena evangélica interroga la pereza que muchas veces marca nuestra vida. ¿Cuántas veces nos dejamos llevar por nuestros ritmos personales, los que responden a nuestras exigencias, posponiendo completamente la consideración sobre si los demás necesitan ayuda? No debemos ser siempre y sólo nosotros la medida de nuestros días y de nuestras preocupaciones. El Señor nos ha confiado hermanos y hermanas, pobres y enfermos, de los que debemos hacernos responsables. Y si nuestra vida adquiere ese ritmo también nosotros escucharemos las mismas críticas que se dirigían a Jesús de parte de sus familiares: "¡Exageras! ¡No puedes pensar sólo en los demás!", y así sucesivamente. Y no pocas veces se recibe también la acusación de "buenismo", como a veces se dice. Jesús ha conocido directamente estas acusaciones. Pero nunca se ha alejado de la obediencia a la voluntad del Padre. Tenía doce años cuando, incluso a María y José, que lo buscaban preocupados, les respondió: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi padre?" Sus parientes llegan incluso a decir que está "fuera de sí", que está loco, y tratan de llevárselo para devolverlo a la normalidad, a la monotonía de la indiferencia. Sin embargo, el Evangelio es como un fuego que quema y que mueve. Es la fuerza del amor que lleva siempre a "salir" de nosotros mismos, de nuestro pequeño horizonte para acoger el de Dios.