Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de san Sergio de Radonež, fundador de la laura de la Santísima Trinidad de Moscú. Recuerdo del pastor evangélico Paul Schneider, asesinado en el campo de concentración nazi de Buchenwald en julio de 1939.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 68 (69), 3.14.30-34

3 Me hundo en el cieno del abismo
  y no puedo hacer pie;
  me he metido en aguas profundas
  y las olas me anegan.

14 Pero yo te dirijo mi oración, Señor,
  en el tiempo propicio:
  por tu inmenso amor respóndeme, oh Dios,
  por la verdad de tu salvación.

30 Pero a mí, desdichado y malherido,
  tu salvación, oh Dios, me restablecerá.

31 Celebraré con cantos el nombre de Dios,
  lo ensalzaré dándole gracias;

32 le agradará al Señor más que un toro,
  más que un novillo con cuernos y pezuñas.

33 Lo han visto los humildes y se alegran,
  animaos los que buscáis a Dios.

34 Porque el Señor escucha a los pobres,
  no desprecia a sus cautivos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Salmo 68, del que hemos cantado algunos versículos, es muy apreciado por la tradición cristiana porque el Nuevo Testamento lo cita en varias ocasiones. San Hilario de Poitiers veía en este salmo toda la trama de la pasión de Cristo. El salmista, en efecto, se encuentra en una dramática situación: el agua le llega al cuello, se siente hundido en una ciénaga profunda y no tiene ningún punto de apoyo para agarrarse. Está cansado de esperar un cambio que no llega. Tiene el corazón roto y la garganta seca de tanto gritar pidiendo ayuda. Los mentirosos que lo odian son más numerosos que los cabellos de su cabeza. Todos se burlan de él: «los borrachos me sacan coplas» (v. 13), dice desconsolado. Lo acusan de robar y lo obligan a pagar deudas que no ha contraído. Por desgracia, no solo lo tormenta la burla de sus enemigos, sino también la indiferencia de sus parientes y amigos: «A mis hermanos resulto un extraño, un desconocido a los hijos de mi madre» (v. 9). Se siente envuelto por una profunda soledad. Esperaba en vano algún apoyo; esperaba que alguien lo consolara, pero nadie lo ha hecho. Y sus ojos se han nublado a fuerza de esperar a Dios, que no llegaba. A esta situación en la que se encuentra el creyente se le suma otra preocupación: «¡Que por mí no queden defraudados los que esperan en ti, Señor, Dios del Universo!» (v. 7). Es un sentimiento que muestra su interioridad: no quiere que su difícil situación desaliente a los creyentes debilitando su fe en la ayuda de Dios. Este hombre, que tan duras pruebas ha debido soportar, aunque siente el peligro de ser borrado del libro de la vida que Dios siempre actualiza (v. 29), no deja de dirigir su oración al Señor. Lo invoca, grita hacia donde está hasta cansarse, pero mantiene intacta su confianza: «Pero yo te dirijo mi oración, Señor, en el tiempo propicio: por tu inmenso amor respóndeme, oh Dios, por la verdad de tu salvación» (v. 14). Y apela a la ternura y la fidelidad de Dios: «¡Respóndeme, Señor, por tu amor y tu bondad, por tu inmensa ternura vuelve a mí tus ojos; no apartes tu rostro de tu siervo, que estoy angustiado, respóndeme» (vv. 17-18). No le da la culpa a Dios de lo que le pasa; tampoco lamenta haberle sido fiel. Aunque se burlan de él porque ha servido al Señor, cierra la puerta a la tentación de abandonar a su Señor. Pero sí reconoce sus errores, sabiendo que el corazón de Dios es más grande: «Tú conoces, oh Dios, mi torpeza, no se te ocultan mis ofensas» (v. 6). Y está seguro de la ayuda de Dios: «Lo han visto los humildes y se alegran, animaos los que buscáis a Dios. Porque el Señor escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos» (vv. 33-34). Por eso confía en el Señor y deja que el celo por su Casa le devore (v. 10).