Memoria de los santos y de los profetas

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Recuerdo de santa Madre Teresa de Calcuta, que murió en 1997.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 4,38-44

Saliendo de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón estaba con mucha fiebre, y le rogaron por ella. Inclinándose sobre ella, conminó a la fiebre, y la fiebre la dejó; ella, levantándose al punto, se puso a servirles. A la puesta del sol, todos cuantos tenían enfermos de diversas dolencias se los llevaban; y, poniendo él las manos sobre cada uno de ellos, los curaba. Salían también demonios de muchos, gritando y diciendo: «Tú eres el Hijo de Dios.» Pero él, conminaba y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Cristo. Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar solitario. La gente le andaba buscando y, llegando donde él, trataban de retenerle para que no les dejara. Pero él les dijo: «También a otras ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios, porque a esto he sido enviado.» E iba predicando por las sinagogas de Judea.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús entró a la casa de Pedro. Allí le presentaron de inmediato la suegra del apóstol que yacía en la cama, enferma. Se inclinó sobre ella, y conminó a la fiebre para que la abandonara. Y la fiebre, escribe el evangelista, la dejó y la anciana, de inmediato, se puso a servir a Jesús. En ella vemos a los muchos ancianos que hoy se ven envueltos por la indiferencia y la maldad, y que se ven obligados a permanecer presos de la enfermedad. La vejez no es una naufragio, no es una derrota. Si es acogida y recibe ayuda, puede ser un tiempo de nueva vitalidad. Solo hay que pensar en el tiempo para la oración, que puede ser una vocación nueva por descubrir en los últimos años de la vida. El evangelista nos hace suponer que Jesús se quedó en aquella casa hasta el final del día, y luego indica que todos los que tenían enfermos los llevaron delante de la puerta de aquella casa. La casa de Pedro, que ya era también casa de Jesús, se había convertido en un punto de referencia para la gente de aquella ciudad, para llevar a los débiles, a los pobres y a los enfermos. Todos iban a llamar a aquella puerta, con la certeza de que iban a ser escuchados. Pero allí donde se produce, la comunidad cristiana revive la misma alegría de los discípulos al ver a hombres y mujeres curados por la fuerza del Evangelio del amor. Los milagros se producen de muchos modos, y no solo en el cuerpo. En los Evangelios, aunque solo se describen treinta y cinco, a menudo se habla de «milagros, prodigios y señales» realizados por Jesús. Eran la demostración visible de la llegada entre nosotros del Reino de los Cielos, el nuevo mundo que inauguraba Jesús, donde reinaba el amor, la justicia, la paz, la felicidad y el bienestar para todos. Jesús entrega este poder de hacer milagros y de edificar un mundo nuevo a los discípulos de todos los tiempos. También a nosotros. Lucas nos dice de dónde proviene la fuerza para hacer milagros y transformar el mundo: «Al hacerse de día salió y se fue a un lugar solitario» para rezar. De ahí provenía la fuerza de Jesús. Es una gran enseñanza para cada uno de nosotros. Dirigir al alba del día nuestra oración al Señor significa orientar el día y recibir de Dios la fuerza para testimoniar su amor. Jesús nos llevará con él a comunicar el Evangelio por todo el mundo.