Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de Atenágoras (†1972), patriarca de Constantinopla, padre del diálogo ecuménico.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Oseas 8,4-7.11-13

Han puesto reyes sin contar conmigo,
han puesto príncipes sin saberlo yo.
Con su plata y su oro se han hecho ídolos,
¡para ser encarcelados! ¡Tu becerro repele, Samaria!
Mi cólera se ha inflamado contra ellos:
¿hasta cuándo no podrán purificarse? Porque viene de Israel,
un artesano ha hecho eso,
y eso no es Dios.
Sí, quedará hecho trizas el becerro de Samaria. Pues que viento siembran, segarán tempestad:
tallo que no tendrá espiga,
que no dará harina;
y si la da, extranjeros la tragarán. Efraím ha multiplicado los altares para pecar,
sólo para pecar le han servido los altares. Aunque yo escriba para él las excelencias de mi ley,
por cosa extraña se las considera. ¡Ya pueden ofrecer sacrificios en mi honor,
y comerse la carne!
Yahveh no los acepta;
ahora recordará sus culpas
y visitará sus pecados:
ellos volverán a Egipto.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En este pasaje el profeta Oseas denuncia el cisma del que es culpable el reino del norte por la decisión de separarse de la casa de David y de introducir la idolatría. El profeta ve claramente la absurdidad de la idolatría y ridiculiza los ídolos fabricados por el hombre: "Lo ha fabricado un artesano, y eso no puede ser Dios". La mentira de la idolatría tiene siempre consecuencias nefastas: "Si siembran viento, cosecharán tempestades", una afirmación que todavía hoy se recuerda para subrayar las consecuencias negativas de decisiones erróneas, de decisiones que responden a intereses inmediatos sin tener en cuenta el mal que pueden fomentar en la sociedad. La idolatría lleva a multiplicar los ídolos y los cultos. Pero no provoca cambios positivos en el corazón de los creyentes. Al contrario, la multiplicidad de cultos lleva a erigir un solo altar y un solo culto: el altar del yo y aquel culto cada vez más difundido también en la actualidad que algunos llaman "egolatría". Y entonces todo se sacrifica a ese altar, incluso lo más querido y aquel bien común de todos que el Señor no deja de reclamar. "Olvida Israel a su Hacedor, y edifica templos... Pero yo prenderé fuego a sus ciudades, que devorará sus palacios", dice el Señor. Pero el bienestar no dura sino que se consume rápidamente. En la parábola del rico necio, que quería ampliar sus graneros para almacenar todas sus riquezas, Jesús advierte: "Guardaos muy bien de toda codicia, porque las riquezas no garantizan la vida de un hombre, por muchas que tenga" (Lc 12,15). E invita más bien a hacerse rico ante Dios (Lc 12,21). El Señor no se olvida de nosotros y nos ayuda a comprender que la única verdadera riqueza es su Palabra, que nos permite enriquecernos ante él.