ORACIÓN CADA DÍA

Domingo de Pentecost?s
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Libretto DEL GIORNO
Domingo de Pentecost?s
Domingo 19 de mayo

Salmo responsorial

Psaume 103 (104)

?Alma m?a, bendice a Yahveh!
?Yahveh, Dios m?o, qu? grande eres!
Vestido de esplendor y majestad,

arropado de luz como de un manto,
t? despliegas los cielos lo mismo que una tienda,

levantas sobre las aguas tus altas moradas;
haciendo de las nubes carro tuyo,
sobre las alas del viento te deslizas;

tomas por mensajeros a los vientos,
a las llamas del fuego por ministros.

Sobre sus bases asentaste la tierra,
inconmovible para siempre jam?s.

Del oc?ano, cual vestido, la cubriste,
sobre los montes persist?an las aguas;

al increparlas t?, emprenden la huida,
se precipitan al o?r tu trueno,

y saltan por los montes, descienden por los valles,
hasta el lugar que t? les asignaste;

un t?rmino les pones que no crucen,
por que no vuelvan a cubrir la tierra.

Haces manar las fuentes en los valles,
entre los montes se deslizan;

a todas las bestias de los campos abrevan,
en ellas su sed apagan los onagros;

sobre ellas habitan las aves de los cielos,
dejan o?r su voz entre la fronda.

De tus altas moradas abrevas las monta?as,
del fruto de tus obras se satura la tierra;

la hierba haces brotar para el ganado,
y las plantas para el uso del hombre,
para que saque de la tierra el pan,

y el vino que recrea el coraz?n del hombre,
para que lustre su rostro con aceite
y el pan conforte el coraz?n del hombre.

Se empapan bien los ?rboles de Yahveh,
los cedros del L?bano que ?l plant?;

all? ponen los p?jaros su nido,
su casa en su copa la cig?e?a;

los altos montes, para los rebecos,
para los damanes, el cobijo de las rocas.

Hizo la luna para marcar los tiempos,
conoce el sol su ocaso;

mandas t? las tinieblas, y es la noche,
en ella rebullen todos los animales de la selva,

los leoncillos rugen por la presa,
y su alimento a Dios reclaman.

Cuando el sol sale, se recogen,
y van a echarse a sus guaridas;

el hombre sale a su trabajo,
para hacer su faena hasta la tarde.

?Cu?n numerosas tus obras, Yahveh!
Todas las has hecho con sabidur?a,
de tus criaturas est? llena la tierra.

Ah? est? el mar, grande y de amplios brazos,
y en ?l el hervidero innumerable
de animales, grandes y peque?os;

por all? circulan los nav?os,
y Leviat?n que t? formaste para jugar con ?l.

Todos ellos de ti est?n esperando
que les des a su tiempo su alimento;

t? se lo das y ellos lo toman,
abres tu mano y se sacian de bienes.

Escondes tu rostro y se anonadan,
les retiras su soplo, y expiran
y a su polvo retornan.

Env?as tu soplo y son creados,
y renuevas la faz de la tierra.

?Sea por siempre la gloria de Yahveh,
en sus obras Yahveh se regocije!

El que mira a la tierra y ella tiembla,
toca los montes y echan humo.

A Yahveh mientras viva he de cantar,
mientras exista salmodiar? para mi Dios.

?Oh, que mi poema le complazca!
Yo en Yahveh tengo mi gozo.

?Que se acaben los pecadores en la tierra,
y ya no m?s existan los imp?os!
?Bendice a Yahveh, alma m?a!

La oración es el corazón de la vida de la Comunidad de Sant’Egidio, su primera “obra”. Cuando termina el día todas las Comunidades, tanto si son grandes como si son pequeñas, se reúnen alrededor del Señor para escuchar su Palabra y dirigirse a Él en su invocación. Los discípulos no pueden sino estar a los pies de Jesús, como María de Betania, para elegir la “mejor parte” (Lc 10,42) y aprender de Él sus mismos sentimientos (cfr. Flp 2,5).

Siempre que la Comunidad vuelve al Señor, hace suya la súplica del discípulo anónimo: “¡Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Y Jesús, maestro de oración, continúa contestando: “Cuando oréis, decid: Abbá, Padre”.

Cuando oramos, aunque lo hagamos dentro de nuestro corazón, nunca estamos aislados ni somos huérfanos, porque somos en todo momento miembros de la familia del Señor. En la oración común se ve claramente, además del misterio de la filiación, el de la fraternidad.

Las Comunidades de Sant'Egidio que hay por el mundo se reúnen en los distintos lugares que destinan a la oración y presentan al Señor las esperanzas y los dolores de los hombres y mujeres “vejados y abatidos” de los que habla el Evangelio (Mt 9,37). En aquella gente de entonces se incluyen los habitantes de las ciudades contemporáneas, los pobres que son marginados de la vida, todos aquellos que esperan que alguien les contrate (cfr. Mt 20).

La oración común recoge el grito, la aspiración, el deseo de paz, de curación, de sentido de la vida y de salvación que hay en los hombres y las mujeres de este mundo. La oración nunca es vacía. Sube incesante al Señor para que el llanto se transforme en alegría, la desesperación en felicidad, la angustia en esperanza y la soledad en comunión. Y para que el Reino de Dios llegue pronto a los hombres.