El horizonte desdibujado. Artículo de Andrea Riccardi

Parece haberse rehabilitado la guerra como herramienta para lograr objetivos o para resolver conflictos, mientras que la paz suele considerarse un sueño de almas cándidas o una utopía del pasado
¿Han enseñado algo dos años de guerra en Ucrania? Parece haberse rehabilitado la guerra como herramienta para lograr objetivos o para resolver conflictos, mientras que la paz suele considerarse un sueño de almas cándidas o una utopía del pasado.
No hay manera de encontrar la vía de salida del callejón sin salida en el que están los ucranianos: bombardeos, refugiados, muertos, heridos y mutilados.
En dos años, además, han estallado nuevas guerras. Desde el 15 de abril de 2023, con la batalla de Jartún, en Sudán, hay guerra entre las fuerzas armadas y las Rapid Support Forces, los paramilitares del general Dagalo, llamado Hemedti, que ha llevado a un millón y medio de sudaneses a refugiarse en el extranjero. El pasado 7 de octubre el ataque terrorista de Hamás a Israel reavivó violentamente el conflicto entre Israel y Palestina. Una parte de los rehenes siguen cautivos e Israel combate a Hamás en Gaza, donde se hacinan más de dos millones de palestinos.
En África, el mito del anticolonialismo es la base del enfrentamiento de varios países con Occidente, con la consiguiente apertura a la presencia  militar rusa, como en Guinea Conakry, Burkina Faso y Níger, países encabezados por militares. Actualmente el terrorismo yihadista global tiene su centro en el Sahel, donde aprovecha la debilidad de los Estados de la región. El norte de Mozambique vive amenazado por la guerrilla islamista, que tiene poca resistencia en el débil ejército mozambiqueño.  En el resto del mundo hay otras crisis abiertas. No hay más que recordar Siria, un país martirizado por más de diez años de sangrientos combates que aún no ha recuperado la paz.
El mundo no solo sufre graves crisis, sino que ha abandonado la paz como horizonte de las relaciones entre países. Se multiplican los discursos belicosos. Países grandes, como Rusia o Estados Unidos, de algún modo se alinean o participan en los conflictos. Hacen lo mismo los europeos. Es impresionante cómo se fusionan los conflictos: de la crisis palestino-israelí a Yemen en pocos meses. Había el temor de que la crisis se extendiera por la actividad de la Hezbolá libanesa, pero no ha sido así. Mientras tanto, circula mucho odio por el mundo: el antisemitismo que vuelve a emerger, la violencia contra los cristianos para afirmar una identidad radical, la oposición a los migrantes como invasores, identificar como blanco al antiguo colonialista...
En nuestros países europeos, acomodados por décadas y décadas de paz, que solo participan en los conflictos a distancia, hay una pereza que no deja ver los riesgos, que como mucho siente la sacudida de alguna acción terrorista.  Pero el futuro no será como el pasado. La situación es explosiva: no es fácil seguir viviendo en paz en medio de tantos focos de guerra, que pueden extender el incendio, o en medio de tanto odio y tanto enfrentamiento de pueblos que, aunque están más cerca por la globalización, se sienten alejados entre ellos, se detestan, no conciben una vida juntos. Las guerras se eternizan y, por consiguiente, corren el peligro de extenderse.
Nos preguntamos por el futuro de la guerra  en Ucrania: ¿será una guerra mayor de lo que es o se abandonará a Ucrania a su suerte, como ocurrió con Afganistán (tras veinte años de actividad militar y multitud de muertos)? Se han olvidado las «tensiones unitivas», aunque eran muy importantes para superar las distancias. El ecumenismo también sufre una grave crisis. Los ortodoxos rusos y el patriarcado de Constantinopla han roto las relaciones a causa del reconocimiento de la Iglesia autocéfala  ucraniana. Rusos y coptos han revisado sus relaciones con Roma tras la Fiducia supplicans.
No obstante, con la revolución global, con la experiencia también global de la pandemia, hoy tenemos la percepción de que «estamos todos en la misma barca», como dijo el papa Francisco con palabras emocionantes en un momento difícil de la epidemia de covid. No podemos dejar que el mundo se precipite hacia una guerra más extensa. Es cierto que hay muchas «batallas» por librar: hay que reconstruir la comunidad internacional. Es necesario relanzar una gran iniciativa de paz, reabrir puentes, difundir la idea de que  la guerra es una derrota para todos.
Esa es la dirección en la que se mueve el papa Francisco, criticado por mucha gente que se alinea con la lógica de la guerra, incluidos muchos católicos que han olvidado que el Papa es un gran recurso para un mundo más humano y para una Iglesia más evangélica. A pesar de todo, el mundo todavía tiene muchas potencialidades diplomáticas, intelectuales, humanas y espirituales para reconstruir las relaciones internacionales en la dirección de la paz, para obligar a quienes están en guerra a parar y enseñar a pequeños y grandes que la paz es el interés común. 
 
[Andrea Riccardi]
[Traducción de la redacción]