Liturgia del domingo

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II del tiempo ordinario
Oración por la unidad de los cristianos. Recuerdo especial de las Iglesias ortodoxas.


Primera Lectura

Isaías 49,3.5-6

Me dijo: "Tú eres mi siervo (Israel),
en quien me gloriaré." Ahora, pues, dice Yahveh,
el que me plasmó desde el seno materno para siervo
suyo,
para hacer que Jacob vuelva a él,
y que Israel se le una.
Mas yo era glorificado a los ojos de Yahveh,
mi Dios era mi fuerza. Poco es que seas mi siervo,
en orden a levantar las tribus de Jacob,
y de hacer volver los preservados de Israel.
Te voy a poner por luz de las gentes,
para que mi salvación alcance hasta los confines de la
tierra.

Salmo responsorial

Salmo 39 (40)

En Yahveh puse toda mi esperanza,
él se inclinó hacia mí
y escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa fatal,
del fango cenagoso;
asentó mis pies sobre la roca,
consolidó mis pasos.

Puso en mi boca un canto nuevo,
una alabanza a nuestro Dios;
muchos verán y temerán,
y en Yahveh tendrán confianza.

Dichoso el hombre aquel
que en Yahveh pone su confianza,
y no se va con los rebeldes,
que andan tras la mentira.

¡Cuántas maravillas has hecho,
Yahveh, Dios mío,
qué de designios con nosotros:
no hay comparable a ti!
Yo quisiera publicarlos, pregonarlos,
mas su número excede toda cuenta.

Ni sacrificio ni oblación querías,
pero el oído me has abierto;
no pedías holocaustos ni víctimas,

dije entonces: Heme aquí, que vengo.
Se me ha prescrito en el rollo del libro

hacer tu voluntad.
Oh Dios mío, en tu ley me complazco
en el fondo de mi ser.

He publicado la justicia
en la gran asamblea;
mira, no he contenido mis labios,
tú lo sabes, Yahveh.

No he escondido tu justicia en el fondo de mi corazón,
he proclamado tu lealtad, tu salvación,
no he ocultado tu amor y tu verdad
a la gran asamblea.

Y tú, Yahveh, no contengas
tus ternuras para mí.
Que tu amor y tu verdad
incesantes me guarden.

Pues desdichas me envuelven
en número incontable.
Mis culpas me dan caza,
y no puedo ya ver;
más numerosas son que los cabellos de mi cabeza,
y el corazón me desampara.

¡Dígnate, oh Yahveh, librarme,
Yahveh, corre en mi ayuda!

¡Queden avergonzados y confusos todos juntos
los que buscan mi vida para cercenarla!
¡Atrás, sean confundidos
los que desean mi mal!

"Queden consternados de vergüenza
los que dicen contra mí: ""¡Ja, Ja!"" "

"¡En ti se gocen y se alegren
todos los que te buscan!
Repitan sin cesar: ""¡Grande es Yahveh!"",
los que aman tu salvación."

Y yo, pobre soy y desdichado,
pero el Señor piensa en mí;
tú, mi socorro y mi libertador,
oh Dios mío, no tardes.

Segunda Lectura

Primera Corintios 1,1-3

Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 1,29-34

Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre,
que se ha puesto delante de mí,
porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel.» Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

El Evangelio nos vuelve a llevar a orillas del río Jordán para asistir al bautismo de Jesús. El cuarto evangelista, a diferencia de los sinópticos, no explica la escena del bautismo, sino que refiere únicamente el testimonio del Bautista, que vino "para dar testimonio de la luz" (Jn 1,7). Juan ve a Jesús "venir hacia él". Es Jesús, quien va hacia Juan, y no al revés. Es Jesús, quien viene hacia nosotros. Y lo hace con humildad, con delicadeza, sin imponerse de manera violenta. Así es como el Señor sigue acercándose también hoy a los hombres y a las mujeres de todas las tierras.
El Bautista vuelve para ayudarnos a abrir los ojos del corazón y ver este misterio. La costumbre puede distraernos, pensar solo en nosotros nos nubla la visión y el orgullo nos ciega. El Bautista es un ejemplo para nosotros. No tiene miedo de decir: "Yo no le conocía". Y aunque lo había visto en el pasado, no había comprendido el "verdadero" rostro de Jesús. También él sintió la necesidad de no contentarse con lo que sabía, de no dejar de buscar, de salir de sus costumbres de siempre y esperar la revelación de Dios. Eso es lo que hizo, y el Señor le escuchó. Ni siquiera cuando estaba en la cárcel dejó de buscar, y envió a sus discípulos para interrogar a Jesús. Nosotros fácilmente asumimos que ya conocemos al Señor, que ya sabemos lo que hace falta saber del Evangelio y que estamos dispensados de buscar más profundamente el rostro de Jesús, de comprender más cálida y apasionadamente este misterio de amor. Nuestra pereza, también espiritual, puede hacer que creamos que es posible vivir de rentas, continuando viviendo, con más o menos cansancio, como siempre. El ejemplo del Bautista nos ayuda a conocer más a Jesús, a estar más dispuestos a responder con generosidad a las demandas de amor que siguen creciendo en las periferias humanas y geográficas de este mundo. Si Juan, con su grandeza de espíritu, afirma: "Yo no le conocía", ¿cuánto más lo tenemos que decir nosotros? Y no olvidemos que, poco antes, había dicho a la gente: "Entre vosotros hay uno a quien no conocéis" (Jn 1,26).
Imitemos el deseo que tenía el Bautista de conocer a Jesús. Hay muchas maneras de vivir esta tensión, pero todas se basan en tomar de nuevo el Evangelio en las manos y escucharlo con filial perseverancia. Abramos sus páginas y dejemos que toquen nuestro corazón: veremos al Señor acercarse. Lo veremos como un "cordero que quita el pecado del mundo"; lo veremos como alguien que carga con nuestras penas, con nuestra angustia, con nuestras cruces, con nuestras dudas, con nuestras incertidumbres y con nuestros pecados. Saber todo esto es el inicio para seguir a aquel Señor.