Oración con los santos

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 13,44-46

«El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.» «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Con estas dos parábolas Jesús quiere puntualizar cómo debe comportarse el creyente ante la oportunidad de conquistar el reino de los cielos. Jesús describe dicho comportamiento a través de la decisión que toman el campesino, primero, y el mercader, después, de vender todo lo que tienen para comprar el tesoro que han descubierto. En ambos casos se repite la misma frase: el campesino "vende todo lo que tiene y compra aquel campo", y el mercader "compra" la perla. Es el corazón de la predicación de Jesús. Él vino a la tierra para inaugurar, precisamente, el Reino de Dios, un reino de misericordia, de amor, de paz y de fraternidad. El mensaje evangélico es clarísimo: Jesús nos dice que no hay nada que valga tanto como el reino de Dios. Para obtenerlo se puede dejar todo. Se trata de una decisión inteligente, además de salvadora. Un discípulo de san Felipe Neri, César Baronio, comentando estas dos parábolas utilizaba una imagen eficaz: hay que ser "hombres de negocios" no "ociosos" para llegar al Reino de los cielos. Muchas veces nosotros pensamos que el Evangelio impone una renuncia, un gran sacrificio. Pero en realidad es lo contrario: optar por el Reino de Dios significa acoger el Evangelio, escucharlo y ponerlo en práctica. Se trata de participar en el diseño que Dios tiene para el mundo y, por ello, en una obra de transformación del mundo para que sea más fraterno, más justo y más misericordioso. Para lograrlo hay que abandonar el egocentrismo y el aislamiento. La decisión de seguir a Jesús es la decisión del reino en el que recibimos la plenitud de la vida y de la alegría.