Vigilia del domingo

Compartir En

Recuerdo de Gigi, niño de Nápoles que murió violentamente en 1983. Con él recordamos a todos los niños que sufren o que mueren por la violencia de los hombres. Oración por los niños


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Sirácida 48,1-4.9-11

Después surgió el profeta Elías como fuego,
su palabra abrasaba como antorcha. El atrajo sobre ellos el hambre,
y con su celo los diezmó. Por la palabra del Señor cerró los cielos,
e hizo también caer fuego tres veces. ¡Qué glorioso fuiste, Elías, en tus portentos!
¿quién puede jactarse de ser igual que tú? en torbellino de fuego fuiste arrebatado
en carro de caballos ígneos; fuiste designado en los reproches futuros,
para calmar la ira antes que estallara,
para hacer volver el corazón de los padres a los
hijos,

y restablecer las tribus de Jacob. Felices aquellos que te vieron
y que se durmieron en el amor,
que nosotros también viviremos sin duda.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia de hoy nos presenta, tanto en la primera lectura tomada del libro del Eclesiástico como en el pasaje evangélico (Mt 17,10-13), la figura de Elías. En el pasaje evangélico es Jesús mismo, bajando del monte después de la Transfiguración, quien habla del gran profeta. La tradición del tiempo afirmaba que antes del Mesías debería venir Elías. En verdad, Jesús confirma que ya ha venido, pero se refería a Juan Bautista. El Eclesiástico, sin embargo, escribe: "Surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha". El pueblo de Dios había endurecido su corazón y se había obstinado en comportamientos alejados de su voluntad. El Señor sigue hablándonos en todo tiempo de la Historia y de la vida para envolvernos en su sueño de paz para el mundo. "ahora mismo te cuento novedades, secretos que no conocías; cosas creadas ahora, no antes, cosas al día, que no las oíste, porque no digas: 'Ya las sabía'" (Is 48,6-7). Debemos preguntarnos por qué no nos dejamos tocar el corazón por la palabra del Señor. Descubriremos que, si esa palabra nos resulta ya conocida, si no nos sorprende, si no produce cambios en el corazón, es porque estamos demasiado seguros de nosotros mismos, porque nuestro corazón se ha endurecido incluso en la costumbre religiosa. Perdemos así la oportunidad de asombrarnos por la extraordinaria novedad de vida que la Palabra comunica. Elías es la Palabra de Dios que el Señor hace resonar nuevamente en nuestros oídos en este tiempo necesitado de grandes cambios. La predicación que recibimos en este tiempo sigue cayendo "tres veces", como el fuego, en el corazón de los hombres. ¿Acaso no hay un fuego que se enciende y que "reconcilia a los padres con los hijos"? Este es el fuego que la predicación enciende. Y dichosos nosotros si nos dejamos llevar por este fuego de la profecía: toda laceración será curada y la fraternidad restablecida.