Memoria de los pobres

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Recuerdo de san Agustín de Canterbury (†605 aprox.), obispo, padre de la Iglesia inglesa.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 16,11-15

Nos embarcamos en Tróada y fuimos derechos a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis; de allí pasamos a Filipos, que es una de las principales ciudades de la demarcación de Macedonia, y colonia. En esta ciudad nos detuvimos algunos días. El sábado salimos fuera de la puerta, a la orilla de un río, donde suponíamos que habría un sitio para orar. Nos sentamos y empezamos a hablar a las mujeres que habían concurrido. Una de ellas, llamada Lidia, vendedora de púrpura, natural de la ciudad de Tiatira, y que adoraba a Dios, nos escuchaba. El Señor le abrió el corazón para que se adhiriese a las palabras de Pablo. Cuando ella y los de su casa recibieron el bautismo, suplicó: «Si juzgáis que soy fiel al Señor, venid y quedaos en mi casa.» Y nos obligó a ir.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El apóstol Pablo había entrado en Europa, empujado por el "Espíritu de Jesús". Podríamos decir que Europa esperaba la predicación del Evangelio, como mostraba el grito del macedonio. En Roma ya había seguidores de Jesús, probablemente de origen judío, como recuerdan los propios Hechos de los Apóstoles el día de Pentecostés. Pero el viaje de Pablo tiene un valor simbólico por su proyección misionera. Filipos es la primera etapa de este itinerario de la predicación de la Palabra de Dios a Roma por obra de Pablo. Esta ciudad, cuyo nombre procedía del padre de Alejandro Magno, era una colonia romana; y quizá precisamente por esto, Pablo pensó hacer allí su primera etapa. El texto, en este punto, prosigue con el "nosotros" sugiriendo que Lucas se une a la misión del apóstol y de Silas. Pablo es acogido en Filipos por un grupo de mujeres, guiadas por Lidia, una comerciante de tejidos, temerosa de Dios. Esta, tras
haber escuchado a Pablo, se convierte y pide que la bauticen. Es una sola persona, pero Lucas se detiene para destacar este episodio. En efecto, la predicación del Evangelio no va unida al número de los seguidores. El Evangelio se propone cambiar el corazón de todas las personas. La fraternidad cristiana nace del cambio de los individuos. La predicación apostólica actúa cambiando el corazón de las personas y uniendo a los unos con los otros mediante un vínculo fraterno. La insistencia de Lidia para hospedar a Pablo y a sus compañeros es fruto de la conversión al Evangelio. Uno no se convierte a Jesús por uno mismo ni por la propia realización personal. La conversión hace salir de uno mismo e implica la unión con los otros hermanos y las otras hermanas para formar juntos aquel pueblo único de Dios al que el Señor confía la tarea de predicar su amor tan grande con las palabras y con el ejemplo.