Memoria de la Iglesia

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Recuerdo de san Juan Pablo II, que murió en 2005. Recuerdo de María Salomé, madre de Santiago y de Juan, que siguió al Señor hasta los pies de la cruz y lo colocó en el sepulcro.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Efesios 3,14-21

Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud de Dios. A Aquel que tiene poder para realizar todas las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos. Amén.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo, frente a la revelación de la insondable riqueza de Cristo, "dobla sus rodillas ante el Padre" y reza por los efesios. Le pide a Dios que el Espíritu los haga fuertes fortaleciendo en ellos al hombre interior. El Espíritu es la fuerza de Dios que obra en lo más hondo del corazón, lugar de las decisiones, de las opciones y de los pensamientos. Precisamente en el corazón empieza el cambio y es allí donde baja Cristo con su palabra y su gracia. La presencia de Cristo abre el corazón y la mente a la comunión con los hermanos y las hermanas. El misterio de Dios se puede comprender solo en el amor, solo en una vida de discípulo y de testimonio vivida en la comunidad, "con todos los santos". Conocer el misterio (que incluye escuchar la Palabra) tiene una dimensión eclesial imborrable: se comparten las mismas verdades y sobre todo se experimentan junto a los demás. En el amor recíproco el hermano es el mediador del conocimiento mismo de Cristo. En la fraternidad el Espíritu actúa para que crezcamos interiormente. Por eso la vida común con los hermanos es indispensable para conocer a Cristo. La oración de Pablo por los efesios culmina en una última súplica: que se llenen de toda la plenitud de Dios. El apóstol termina con una alabanza: la unidad de la humanidad es la gloria de Dios, la revelación de su amor que será siempre sobreabundante, más allá de toda comprensión nuestra y más allá de nuestras expectativas. A él, pues, gloria "en la Iglesia y en Cristo Jesús".