Vigilia del domingo

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Recuerdo del beato Carlos de Jesús (Charles de Foucauld), «hermano universal», asesinado en 1916 en el desierto de Argelia, donde vivía en oración y en fraternidad con el pueblo tuareg.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 21,34-36

«Guardaos de que no se hagan pesados vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo; porque vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra. Estad en vela, pues, orando en todo tiempo para que tengáis fuerza y escapéis a todo lo que está para venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio que hemos escuchado cierra el discurso escatológico según la versión de Lucas y termina también el año litúrgico. Desde que llegó a Jerusalén, Jesús enseñaba cada día en el templo y al atardecer se retiraba al huerto de los olivos para orar. Ahora exhorta a los discípulos y les dice: «estad en vela, orando en todo tiempo». Y no lo dice solo con palabras sino con su propia vida. Sabe que ante los momentos decisivos y también difíciles hay que estar atento y preparado. Hay que vivir cada día como si fuera el último. En realidad cada día, de algún modo, es el último, en el sentido de que es único y que no hay ninguno otro similar, y cuando ha pasado ya no vuelve. El evangelista Lucas presenta la oración como la actitud por excelencia del discípulo que vela para acoger al Señor que llama a la puerta de nuestro corazón. La oración no solo aleja el mal y da la fuerza para combatirlo, sino que, sobre todo, nos libra de centrarnos en nosotros mismos y nos ayuda a levantar la mirada hacia el Señor que llega. Y Jesús nos pide que oremos siempre, sin parar. Para nosotros, pobres hombres limitados, orar sin parar significa orar cada día. Sí, en la oración de cada día está aquella fidelidad que el Evangelio pide y que orienta al discípulo hacia Dios. Cada día debemos mantenernos «en pie delante del Hijo del hombre» y con él invocar al Padre que está en el cielo para gozar desde ahora mismo el encuentro definitivo con Él. La liturgia de la Iglesia, mientras nos hace entrar en el nuevo año litúrgico, tras habernos permitido contemplar el «fin» de la historia, nos recuerda a cada uno de nosotros que la centralidad y la perseverancia en la oración son la garantía para el encuentro definitivo entre nosotros y el Señor.