Memoria de Jesús crucificado

Compartir En

Recuerdo de san Benito (+547), padre de los monjes de Occidente, a los que guía con la regla que lleva su nombre.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 10,16-23

«Mirad que yo os envío como ovejas en medio de lobos. Sed, pues, prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas. Guardaos de los hombres, porque os entregarán a los tribunales y os azotarán en sus sinagogas; y por mi causa seréis llevados ante gobernadores y reyes, para que deis testimonio ante ellos y ante los gentiles. Mas cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros. «Entregará a la muerte hermano a hermano y padre a hijo; se levantarán hijos contra padres y los matarán. Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará. «Cuando os persigan en una ciudad huid a otra, y si también en ésta os persiguen, marchaos a otra. Yo os aseguro: no acabaréis de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús predice persecuciones a sus apóstoles. Ya las ha sufrido él. Además, el amor evangélico, aquel amor que es totalmente gratuito y sin reciprocidad alguna, es un estorbo para la obra del príncipe de este mundo, una obra de división y de conflicto, que no deja espacio para quien trabaja por la paz a través de un amor que pide incluso amar a los enemigos. Por eso Jesús dice: “Yo os envío como ovejas en medio de lobos”. Y las ovejas son siempre más débiles que los lobos, y parecen condenadas a perder siempre. Pero ese es precisamente el misterio de la misión de Jesús, que él confió a su Iglesia y a sus discípulos. No es difícil intentar mitigar esta debilidad. El padre Andrea Santoro, asesinado en Turquía, decía: "Los cristianos tenemos una ventaja, y es que creemos en un Dios inerme; en un Cristo que nos invita a amar a los enemigos, a servir para ser 'señores' de la casa, a ponernos los últimos para ser los primeros, en un evangelio que prohíbe el odio, la ira, el juicio, el dominio; en un Dios que se hace cordero y se deja atacar para dar muerte en él al orgullo y al odio; en un Dios que atrae con el amor y no domina con el poder; y esa es una ventaja que no debemos perder". Y citaba a san Juan Crisóstomo: Cristo apacienta ovejas, no lobos. Si somos ovejas venceremos; si somos lobos perderemos. La vida según el Evangelio, cuando es intensa y fuerte, se carga de una potencia que desestabiliza el mundo que, por el contrario, busca únicamente su propio interés y permanecer en el pecado. A pesar de la humildad y de la simplicidad de las "palomas", los cristianos se oponen, con sus palabras y su conducta, al mundo egoísta y lo desenmascaran. De ahí nace la persecución y el sufrimiento, el intento de eliminar a los verdaderos testigos de la fe. Nosotros, que vivimos en el tercer milenio, debemos aprender del Evangelio a distinguir cuándo ya no es posible llegar a compromisos con un mundo que quiere ahogar la Palabra de Dios haciendo callar a quien da testimonio de ella. Ante ciertas injusticias, ante el escándalo del sufrimiento del más débil, ante la eliminación de la vida, ante las heridas de un mundo cada vez más dividido entre muchos pobres y pocos ricos, el discípulo, aun sabiendo que encontrará oposición, no puede callar y no anunciar con la vida que es hijo de Dios y no de este mundo. Nos animan y nos consuelan las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: “el que persevere hasta el fin, ese se salvará”.