Memoria de la Madre del Señor

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 23 (24), 1-6

1 Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
  el orbe y cuantos lo habitan,

2 pues él lo fundó sobre los mares,
  lo asentó sobre los ríos.

3 ¿Quién subirá al monte del Señor?,
  ¿quién podrá estar en su santo recinto?

4 El de manos limpias y puro corazón,
  el que no suspira por los ídolos
  ni jura con engaño.

5 Ése logrará la bendición del Señor,
  el perdón de Dios, su Salvador.

6 Ésta es la generación que lo busca,
  la que acude a tu presencia, Dios de Jacob.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Normalmente ese salmo se considera vinculado a la liturgia de entrada en el templo al final de la peregrinación. El interrogante dirigido al peregrino que ha llegado a la meta: “¿Quién subirá al monte del Señor?, ¿quién podrá estar en su santo recinto?” (v. 3), puede referirse en verdad a todo el camino de la vida del creyente, así como también a los ritmos litúrgicos que está llamado a vivir. Para el discípulo de Jesús, sin embargo, podemos aplicarlo al itinerario semanal que lleva hasta la Liturgia Eucarística del Día del Señor. Pues bien, ¿quién podrá alcanzar el monte santo? ¿Quién puede ser acogido en la Eucaristía? La respuesta es simple y concreta: “El de manos limpias y puro corazón, el que no suspira por los ídolos ni jura con engaño” (v. 4). El salmista habla de manos limpias, es decir, de manos buenas, libres de violencia y explotación; habla después un corazón puro, es decir, de un corazón lleno de la Palabra de Dios, purificado y liberado de toda esclavitud, modelado por la generosidad del amor. El salmo habla también de una boca que sirve a la verdad y que no pronuncia mentira: es decir, que sabe confortar y exhortar, sin juzgar ni condenar. Éste es el creyente que puede subir al monte de Dios y recibir su bendición. Es la bendición del Señor de habitar en la casa del Señor. A todos los que lo buscan con manos limpias y corazón puro se les desvelará el rostro de Dios. Hoy lo verá “como en un espejo”, dice Pablo, en la comunidad de creyentes, y mañana “cara a cara” en la Jerusalén del cielo. Las palabras del salmo nos invitan a acoger desde ahora en medio de nosotros al Señor como en una liturgia solemne. Dice el salmista: “¡Puertas, alzad los dinteles, levantaos, antiguos portones, y que entre el rey de la gloria!”. Él es “el fuerte, el valiente, el Señor, valiente en la lucha” (vv.7-8). Es el eco del encuentro en el Horeb, cuando Dios reveló a Moisés su nombre: “Yo soy el Señor que está contigo y con mi pueblo para siempre”.