Memoria de la Madre del Señor

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 111 (112), 1-2.7-9

1 ¡Aleluya!
Alef. ¡Dichoso el hombre que teme a Yahveh,
Bet. que en sus mandamientos mucho se complace!
2 Guímel. Fuerte será en la tierra su estirpe,
Dálet. bendita la raza de los hombres rectos.
7 Mem. no tiene que temer noticias malas,
Nun. firme es su corazón, en Yahveh confiado.
8 Sámek. Seguro está su corazón, no teme:
Ain. al fin desafiará a sus adversarios.
9 Pe. Con largueza da a los pobres;
Sade. su justicia por siempre permanece,
Qof. su frente se levanta con honor.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia de hoy pone en nuestra boca la segunda parte del Salmo 111. Tras haber exaltado la fe del justo que escucha al Señor, el salmista quiere destacar el lazo entre el amor de Dios y el amor por los hermanos, sobre todo los más pobres. El justo –es decir, quien teme al Señor y escucha su Palabra– como afirma el inicio del Salmo, ha aprendido bien la lección bíblica: la primacía del amor de Dios se reconoce por el amor hacia los hermanos. El salmista no ve separación entre los dos amores: uno incluye el otro. Es significativo que el apóstol Pablo utilice este salmo para exhortar a los Corintios a ser generosos con los pobres de Jerusalén: «Que cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmaros de todo bien, a fin de que, teniendo siempre y en todo lo necesario, os sobre todavía para hacer buenas obras, como está escrito: “Repartió; dio a los pobres; su justicia permanece eternamente”» (2 Co 9,7-9). Dios bendice la vida del justo, que será dichoso si observa cuanto está escrito. Por eso el creyente «no habrá de temer las malas noticias, con firme corazón confiará en el Señor» (v. 7). El Salmo añade que la casa del justo «abundará en riqueza y bienestar» (v. 3), él «nunca verá su existencia amenazada» (v. 6) y «dejará un recuerdo estable. No habrá de temer las malas noticias, con firme corazón confiará en el Señor. Seguro y animoso, nada temerá, hasta ver humillado al adversario» (vv. 6-8). Al adversario le sucede lo contrario. En el versículo 10 que cierra el Salmo leemos: «Lo ve el malvado y se enfurece, rechinando sus dientes, se consume. Los afanes del malvado fracasan» (v. 10). La sabiduría del hombre, y su consiguiente dicha, consiste en escuchar la Palabra del Señor y ponerla en práctica sirviendo y amando a sus hermanos empezando por los más pobres. Es una sabiduría que empapa toda la Sagrada Escritura porque el amor de Dios va de la mano en todo momento del amor por los hermanos y los pobres.