Memoria de los pobres

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 105 (106), 19-23

19 Se hicieron un becerro en Horeb,
  ante una imagen fundida se postraron,

20 y fueron a cambiar su gloria
  por la imagen de un buey que come hierba.

21 Olvidaron a Dios, su salvador,
  al autor de hazañas en Egipto,

22 de prodigios en tierra de Cam,
  de portentos en el mar de Suf.

23 Dispuesto estaba a exterminarlos,
  si no es porque Moisés, su elegido,
  se mantuvo en la brecha frente a él,
  para apartar su furor destructor.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este salmo cierra el quinto libro del salterio y es el reverso de la moneda del salmo anterior. Aquí es como si la historia de Israel se explicara a partir de las traiciones del pueblo, mientras que en el Salmo 104 se narran las grandes obras de Dios. No se pueden explicar los pecados del hombre sin hablar de la misericordia de Dios. Todo el salmo, efectivamente, es una gran confesión de pecados que empieza, precisamente, con la invitación del salmista a celebrar la misericordia de Dios: «¡Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia!» (v. 1). El creyente que confiesa su pecado sabe que es perdonado, no por sus méritos, sino porque el amor de Dios es grande. Por eso también nosotros, pecadores, podemos pedir con confianza: «¡Acuérdate de mí, Señor, hazlo por amor a tu pueblo... Hemos fallado igual que nuestros padres, hemos cometido injusticias e iniquidades» (vv. 4.6). Sí, existe una costumbre al pecado, a la idolatría, al olvido, a pensar solo en uno mismo. El salmista explica algunas de las muchas traiciones que han marcado la vida de Israel. En el primer cuadro (vv. 7-12) explica la falta de fe en el paso del mar Rojo, luego las protestas contra Dios y la nostalgia de la esclavitud durante el camino en el desierto. A continuación, con los versículos que hemos cantado, la rebelión de Datán y de Abirán (vv. 16-18) con la adoración del becerro de oro (vv. 19-23). Una vez más los israelitas «olvidaron a Dios, su salvador» (v. 21) y cayeron en la idolatría cambiando «su gloria por la imagen de un buey que come hierba» (v. 20). La idolatría no es solo una simple falta de fe, sino negarse a reconocer a Dios como el Señor de nuestra vida y someterse a otros señores. Efectivamente, nosotros confiamos muy fácilmente en ídolos de este mundo, en nuestras tradiciones, en el éxito, en el poder, en la riqueza o en otras cosas. La intercesión de Moisés salva al pueblo: «Moisés, su elegido, se mantuvo en la brecha frente a él, para apartar su furor destructor» (v. 23). La audacia de la oración de la Iglesia por todos sus hijos impide que caigamos en la esclavitud de los ídolos de este mundo. Y Dios escucha la oración. Toda la historia que narra el salmista en los versículos siguientes nos hace recordar lo que está escrito en el Génesis: «el pecado» está «acechando como fiera que te codicia» (4,7). No hay ninguna generación y ningún hombre que no tenga pecado. Pero el salmo nos recuerda también que no hay ninguna generación y ningún pueblo que no goce de la misericordia de Dios y de su perdón. Y el salmista termina diciendo: «Pero él se fijó en su angustia, dando oído a sus clamores. Por ellos se acordó de su alianza, se enterneció con su inmenso amor» (vv. 44-45).