Memoria de la Iglesia

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 14,1-7

En Iconio, entraron del mismo modo en la sinagoga de los judíos y hablaron de tal manera que gran multitud de judíos y griegos abrazaron la fe. Pero los judíos que no habían creído excitaron y envenenaron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. Con todo se detuvieron allí bastante tiempo, hablando con valentía del Señor que les concedía obrar por sus manos señales y prodigios, dando así testimonio de la predicación de su gracia. La gente de la ciudad se dividió: unos a favor de los judíos y otros a favor de los apóstoles. Como se alzasen judíos y gentiles con sus jefes para ultrajarles y apedrearles, al saberlo, huyeron a las ciudades de Licaonia, a Listra y Derbe y sus alrededores. Y allí se pusieron a anunciar la Buena Nueva.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Pablo y Bernabé dejan Chipre y van a Iconio (Konya), una ciudad situada en la gran vía comercial llamada Vía Imperial. Van de inmediato a la sinagoga y allí, con su predicación, convencen a muchos judíos para que abracen la fe cristiana, salvo los que Lucas denomina «inconvertibles», es decir, aquellos que se cierran herméticamente en sus tradiciones y las convierten en ídolos que no pueden abandonar. La reacción de estos últimos no se hace esperar. Y no podía ser de otro modo. Una vez más se manifiesta la oposición al Evangelio a pesar de que la predicación de Pablo provocara prodigios. Toda la ciudad se posiciona y se divide en dos: por una parte los partidarios de los apóstoles, y por otra, sus detractores, que llegan incluso a organizar la captura de Pablo y de Bernabé para poderlos lapidar. El autor de los Hechos presenta una curiosa pero habitual alianza entre varias facciones contrarias a los dos discípulos. Sucedió lo mismo con Jesús los días de su pasión. Pablo y Bernabé, enterados del complot, logran huir a Listra. La huida, sin embargo, no mitiga su pasión por edificar la Iglesia. Apenas llegar a la nueva ciudad, a pesar de los peligros que acaban de pasar, reanudan su predicación del Evangelio. No pueden vivir sin comunicar la Palabra de Dios. Y Pablo lo dirá a los corintios: «Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de vanagloria; se trata más bien de un deber que me incumbe» (1 Co 9,16). Y a ese propósito es un ejemplo también para los creyentes de hoy. Cada vez que se atenúa la urgencia de comunicar el Evangelio y de trabajar para el crecimiento de la comunidad cristiana se traiciona la misma vocación cristiana que, por naturaleza, es misionera.