ORACIÓN CADA DÍA

Memoria de Jesús crucificado
Palabra de dios todos los dias
Libretto DEL GIORNO
Memoria de Jesús crucificado
Viernes 9 de marzo


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Marcos 12,28-34

Acercóse uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Jesús le contestó: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.» Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que El es único y que no hay otro fuera de El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.» Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios.» Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Este pasaje del Evangelio de Marcos se enmarca dentro del ministerio de Jesús en Jerusalén. En medio de la hostilidad de los jefes del pueblo, que se hace cada vez más peligrosa, aparece la pregunta sincera de un escriba que se dirige a Jesús y le pregunta: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?". Los escribas en general eran buenos conocedores de la Ley, pero esta vez uno se acerca al Maestro no para ponerlo a prueba, sino para aprender de él una enseñanza que consideraba de veras importante para su vida. Era un escriba sabio, porque nadie puede ser maestro de sí mismo; todos tenemos necesidad de preguntar al Señor el sentido verdadero de las Escrituras para nuestra vida. Por desgracia nos olvidamos fácilmente de escuchar las Escrituras, de recogernos en oración, pensando que sabemos bien qué hacer y cómo vivir. Pero de ese modo somos víctimas del pecado de la autosuficiencia: pensamos poder prescindir del Señor y su palabra. Hoy se nos presenta este escriba y se dirige a Jesús también en nuestro nombre. Preguntemos a Jesús: "Maestro, ¿cuál es el corazón del Evangelio?". Jesús nos responde también a nosotros que el "primer mandamiento" es doble: amar a Dios y amar al prójimo. Son dos amores inseparables; es más, forman un solo amor, una sola cosa. El apóstol Juan escribe: "Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4, 20). Jesús, que ha amado a Dios sobre todas las cosas, más que a su propia vida, y que igualmente ha amado a los hombres por encima de todo, más que a su vida, nos ofrece el ejemplo más alto del cumplimiento del "primer" mandamiento. Que es de hecho el único. Es cierto que el doble mandamiento viene precedido de una invitación, del que es la premisa: "El primero es: Escucha, Israel". Nos encontramos de nuevo con todo lo que hemos leído en los días precedentes, y que se nos vuelve a proponer de forma continuada en este tiempo de Cuaresma: la necesidad de la escucha de Dios que nos habla. Quien no le escucha sentirá sólo el ruido de sí mismo, y no podrá vivir plenamente el mandamiento del amor. Sólo el que escucha el Evangelio, como hace María, podrá vivir en plenitud la fuerza de la fe. Aquel escriba, satisfecho de la respuesta de Jesús, escucha cómo éste le dice que no está lejos del reino de Dios. Nosotros tenemos mucho más que aquel escriba; aprendamos de él al menos su disponibilidad para preguntar y su prontitud en el responder.

La oración es el corazón de la vida de la Comunidad de Sant’Egidio, su primera “obra”. Cuando termina el día todas las Comunidades, tanto si son grandes como si son pequeñas, se reúnen alrededor del Señor para escuchar su Palabra y dirigirse a Él en su invocación. Los discípulos no pueden sino estar a los pies de Jesús, como María de Betania, para elegir la “mejor parte” (Lc 10,42) y aprender de Él sus mismos sentimientos (cfr. Flp 2,5).

Siempre que la Comunidad vuelve al Señor, hace suya la súplica del discípulo anónimo: “¡Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). Y Jesús, maestro de oración, continúa contestando: “Cuando oréis, decid: Abbá, Padre”.

Cuando oramos, aunque lo hagamos dentro de nuestro corazón, nunca estamos aislados ni somos huérfanos, porque somos en todo momento miembros de la familia del Señor. En la oración común se ve claramente, además del misterio de la filiación, el de la fraternidad.

Las Comunidades de Sant'Egidio que hay por el mundo se reúnen en los distintos lugares que destinan a la oración y presentan al Señor las esperanzas y los dolores de los hombres y mujeres “vejados y abatidos” de los que habla el Evangelio (Mt 9,37). En aquella gente de entonces se incluyen los habitantes de las ciudades contemporáneas, los pobres que son marginados de la vida, todos aquellos que esperan que alguien les contrate (cfr. Mt 20).

La oración común recoge el grito, la aspiración, el deseo de paz, de curación, de sentido de la vida y de salvación que hay en los hombres y las mujeres de este mundo. La oración nunca es vacía. Sube incesante al Señor para que el llanto se transforme en alegría, la desesperación en felicidad, la angustia en esperanza y la soledad en comunión. Y para que el Reino de Dios llegue pronto a los hombres.