Memoria de los pobres

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Recuerdo de san Adalberto, obispo de Praga. Sufrió el martirio en Prusia oriental, adonde había ido para anunciar el Evangelio († 997). Residió en Roma donde se venera su recuerdo en la basílica de san Bartolomé de la Isla.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 10,1-10

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo:
yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí
son ladrones y salteadores;
pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta;
si uno entra por mí, estará a salvo;
entrará y saldrá
y encontrará pasto. El ladrón no viene
más que a robar, matar y destruir.
Yo he venido
para que tengan vida
y la tengan en abundancia.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En esta página del Evangelio Jesús se propone como el "buen pastor" que recoge a las ovejas dispersas y las guía por el camino de Dios. Aunque la imagen sea antigua, su verdad es más actual que nunca. Los hombres y las mujeres viven una condición de dispersión y de soledad que quizá nunca haya sido tan intensa como hoy. El impulso hacia la disgregación es más fuerte que el que lleva hacia la solidaridad: individuos y pueblos sienten sus intereses por encima de todo y de todos. Crecen cada vez más las distancias y los conflictos. El sueño de la igualdad se considera incluso peligroso. Hasta se exalta como un valor el hecho de no tener que depender de nadie y no dejarse influenciar ni condicionar nunca por nadie. En este clima crecen y se multiplican los "ladrones" y los "salteadores", es decir, los que roban la vida de los demás para obtener una ganancia personal. Incluso la vida humana se convierte en una mercancía para vender y robar. La dictadura del mercado no perdona a nadie, y los más débiles son los más castigados y de los que más se abusa. La globalización, que ha acercado a los pueblos, no les ha hecho hermanos. Se necesita un "buen pastor" que conozca a las ovejas y las salve, una a una, conduciéndolas a todas a los pastos para que se alimenten lo suficiente. En cambio, son demasiados los "ladrones" y los "salteadores" que siguen robando la vida de los demás, sobre todo de los más pequeños, los ancianos y los indefensos. Muchos corremos el riesgo de convertirnos en sus cómplices, de hecho, cada vez que nos encerramos en nuestro egocentrismo, no solo somos nosotros mismos su presa, sino que nos convertimos en cómplices de sus robos. No es casualidad que el papa Francisco haya condenado la globalización de la indiferencia y la ausencia de llanto por el que muere abandonado. San Ambrosio señalaba con razón: "¡Cuántos señores acaban por tener aquellos que rechazan al único Señor!". Jesús, buen pastor, nos reúne de la dispersión para guiarnos hacia un destino común y, si es necesario, va a buscar personalmente a quien se ha perdido para llevarle de nuevo al redil. Para hacer esto no teme tener que pasar, si es necesario, a través de la muerte, seguro de que el Padre devuelve la vida a quien la gasta con generosidad por los demás. Es el milagro de la Pascua. Jesús resucitado es la puerta que se ha abierto para que nosotros pudiéramos entrar en la vida que no acaba. Jesús no solo no nos roba la vida, por el contrario, nos la da en abundancia, multiplicada para la eternidad.