Memoria de la Iglesia

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Recuerdo de san Juan Crisóstomo («boca de oro»), obispo y doctor de la Iglesia ((407). La liturgia más habitual de la Iglesia bizantina lleva su nombre.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 6,27-38

«Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús, que poco antes se había dirigido a los discípulos, ahora habla a todos, «a vosotros que me escucháis». Nadie queda fuera del Evangelio, del camino de salvación, de la felicidad que indica Jesús. Jesús pide a todo el mundo un amor que va más allá de los cálculos. «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien». Es una petición realmente extraña para la cultura de este mundo, y algunos pueden llegar a sugerir que son palabras hermosas pero no realistas. No obstante, solo en estas palabras el mundo puede encontrar su salvación, solo desde esta perspectiva se pueden encontrar motivos para detener las guerras y, sobre todo, impulso para construir la paz y la convivencia entre los hombres y entre los pueblos. Para Jesús no existen enemigos a los que odiar y combatir. Para él y, por tanto, para todo discípulo, solo existen hermanos y hermanas a los que amar, o en todo caso, corregir, y a los que ayudar siempre en el camino de la salvación. Las palabras de Jesús tienen la fuerza del amor de Dios, que, antes que nadie, es misericordioso y benévolo con todos, incluso con «los desagradecidos y los perversos». El ideal que presenta Jesús a quienes lo escuchan es tan alto como el cielo, y por eso dice: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». No es una exhortación moral; es un estilo de vida. Y luego añade lo que se ha llamado la «regla de oro»: «tratad a los hombres como queréis que ellos os traten» (v. 31). Esta «regla» está presente en todas las religiones y podemos realmente considerarla como una espina dorsal que une profundamente las relaciones entre los hombres y entre los pueblos. Esa decisión comporta la conversión de los corazones; de corazones nuevos surge una vida nueva para todos. Por eso Jesús exhorta a «no juzgar» y a «no condenar», sino más bien a perdonar y a dar con «una medida buena, apretada, remecida, rebosante». El que se comporta así, recibe a su vez la misma medida.