Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Lucas 7,31-35

«¿Con quién, pues, compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: "Os hemos tocado la flauta,
y no habéis bailado,
os hemos entonando endechas,
y no habéis llorado." «Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: "Demonio tiene." Ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: "Ahí tenéis un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores." Y la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jesús se pregunta: «¿Con quién, compararé, pues, a los hombres de esta generación?». Dirigiéndose a los que le escuchaban Jesús continúa diciendo que son como aquellos niños que «están sentados en la plaza y se gritan unos a otros diciendo: 'Os hemos tocado la flauta, y no habéis bailado, os hemos entonado endechas, y no habéis llorado'». Son niños malcriados, que reaccionan de manera instintiva y egocéntrica. Lo importante es su «yo», y nada más. El Evangelio debe volver a resonar por todas partes para liberar los corazones. También lo intuyó el apóstol Pedro cuando, después de la llegada del Espíritu Santo, se dirigió a la muchedumbre que se había congregado ante el cenáculo, y dijo: «Poneos a salvo de esta generación perversa» (Hch 2,40). No se trata de una toma de posición pesimista por parte de Jesús, primero, y de Pedro, después. El Evangelio nos libra de la esclavitud de nosotros mismos y nos da la capacidad de mirar más allá, de reconocer el designio de Dios para el mundo, de entender los «signos de los tiempos», aquellos signos que Dios inscribe en la historia de los hombres para que podamos dirigirla hacia el bien. Pero por desgracia mucha gente se cierra en sí misma y por eso se ven cada día más actitudes de irritación o lamento. La «sabiduría» que Dios ha venido a darnos es otra: participar en su gran diseño de amor para el mundo. No hay tiempo que perder lamentándose o irritándose. Debemos, por el contrario, emplear nuestro tiempo y nuestras fuerzas para edificar el Reino que Jesús vino a dar a los hombres de todos los tiempos.