Liturgia del domingo

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XVII del tiempo ordinario
Recuerdo de Marta. Acogió al Señor Jesús en su casa.


Primera Lectura

2Reyes 4,42-44

Vino un hombre de Baal Salisa y llevó al hombre de Dios primicias de pan, veinte panes de cebada y grano fresco en espiga; y dijo Eliseo: "Dáselo a la gente para que coman." Su servidor dijo: "¿Cómo voy a dar esto a cien hombres?" Él dijo: "Dáselo a la gente para que coman, porque así dice Yahveh: Comerán y sobrará." Se lo dio, comieron y dejaron de sobra, según la palabra de Yahveh.

Salmo responsorial

Salmo 144 (145)

Yo te ensalzo, oh Rey Dios mío,
y bendigo tu nombre para siempre jamás;

todos los días te bendeciré,
por siempre jamás alabaré tu nombre;

grande es Yahveh y muy digno de alabanza,
insondable su grandeza.

Una edad a otra encomiará tus obras,
pregonará tus proezas.

El esplendor, la gloria de tu majestad,
el relato de tus maravillas, yo recitaré.

Del poder de tus portentos se hablará,
y yo tus grandezas contaré;

se hará memoria de tu inmensa bondad,
se aclamará tu justicia.

Clemente y compasivo es Yahveh,
tardo a la cólera y grande en amor;

bueno es Yahveh para con todos,
y sus ternuras sobre todas sus obras.

Te darán gracias, Yahveh, todas tus obras
y tus amigos te bendecirán;

dirán la gloria de tu reino,
de tus proezas hablarán,

para mostrar a los hijos de Adán tus proezas,
el esplendor y la gloria de tu reino.

Tu reino, un reino por los siglos todos,
tu dominio, por todas las edades.
(Nun.) Yahveh es fiel en todas sus palabras,
en todas sus obras amoroso;

Yahveh sostiene a todos los que caen,
a todos los encorvados endereza.

Los ojos de todos fijos en ti, esperan
que les des a su tiempo el alimento;

abres la mano tú
y sacias a todo viviente a su placer.

Yahveh es justo en todos sus caminos,
en todas sus obras amoroso;

cerca está Yahveh de los que le invocan,
de todos los que le invocan con verdad.

El cumple el deseo de los que le temen,
escucha su clamor y los libera;

guarda Yahveh a cuantos le aman,
a todos los impíos extermina.

¡La alabanza de Yahveh diga mi boca,
y toda carne bendiga su nombre sacrosanto,
para siempre jamás!

Segunda Lectura

Efesios 4,1-6

Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamados, con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Juan 6,1-15

Después de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia él mucha gente, dice a Felipe: «¿Donde vamos a comprar panes para que coman éstos?» Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco.» Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?» Dijo Jesús: «Haced que se recueste la gente.» Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió entre los que estaban recostados y lo mismo los peces, todo lo que quisieron. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda.» Los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían comido. Al ver la gente la señal que había realizado, decía: «Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo.» Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle rey, huyó de nuevo al monte él solo.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

Jesús sube al monte, rodeado por los discípulos, se sienta, como acostumbraban a hacer los maestros y enseña a los que están a su alrededor. Escribe Juan: «Al levantar Jesús los ojos» vio «que venía hacia él mucha gente». Jesús no se detiene a contemplarse a sí mismo o lo que hace. Tras venir a la tierra y hacerse similar en todo a los hombres, Él se eleva un poco, sube al monte, donde se acerca a Dios y al mismo tiempo ve mejor a los hombres y las mujeres que acuden a él. Solo teniendo a Dios en el corazón (eso significa subir al monte) y acogiendo su compasión es posible mirar a la gente con ojos nuevos, intuir las preguntas que tienen y descubrir sus necesidades.
La gente quería estar con Jesús. A veces quedaba tan absorbida por sus palabras (¡qué diferencia con nosotros, que tan a menudo apresuramos las cosas de Dios!) que olvidaba incluso comer. Él, y no los discípulos, se da cuenta de la necesidad de pan que tenía la gente. Jesús llama a Felipe (era de Betsaida y por tanto conocía la zona) y le pregunta: «¿Dónde nos procuraremos panes para que coman estos?». Felipe, después de hacer un rápido cálculo, contesta que es imposible reunir la cantidad de dinero necesaria para comprar pan para toda aquella gente. La pregunta de Jesús, efectivamente, era totalmente irrealista. Andrés, que también oyó aquel diálogo, hace algunas pesquisas e informa de que solo ha encontrado a un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces. Pero con triste realismo añade: «¿Qué es eso para tantos?». Él y todos los discípulos creen que no hay nada más que decir. La corrección, el realismo, la practicidad, la concreción de los discípulos parecen tener la última palabra.
Jesús, que confía totalmente en el Padre, sabe perfectamente que «para Dios todo es posible». Entonces ordena que hagan sentar a la gente sobre la hierba. «El Señor es mi pastor, nada me falta. Me conduce a fuentes tranquilas, allí reparo mis fuerzas», canta el salmo 23, como si ya previera esta espléndida escena. Cuando todos están sentados, toma el pan, y tras dar gracias al Padre que está en el cielo, lo reparte a todos. A diferencia de los Evangelios sinópticos, en los que el reparto corre a cargo de los discípulos, aquí es Jesús mismo quien los reparte.
Pero Jesús no parte de cero. Necesita aquellos cinco panes de cebada (el pan de cebada era el pan de los pobres, no el mejor, es decir, no el más sabroso y más rico). Y con aquellos panes pobres sacia el hambre de cinco mil personas (que estaban sentadas en la hierba). Solo hace falta lo poco que tenemos (en amor y compasión, en bienes materiales, en disponibilidad, en tiempo) para derrotar el hambre; tanto el del corazón como el del cuerpo. El problema es poner lo «poco» que tenemos en las manos del Señor y no guardarlo en nuestras manos avaras para conservarlo. El evangelista indica que, tras haber comido, toda la gente quedó maravillada por lo que Jesús había hecho, hasta el punto de que querían proclamarlo rey. Pero él huyó de nuevo hacia el monte: no quería rebajar la urgencia de la necesidad del pan que no pasa, es decir de la necesidad de una relación cariñosa y duradera con el Señor. Y nosotros junto a Jesús, en el monte, continuamos orando: «Danos hoy nuestro pan de cada día».