Liturgia del domingo

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XXVIII del tiempo ordinario
Recuerdo de san Calixto papa (+222). Amigo de los pobres, fundó la casa de oración sobre la que se erigió la Basílica de Santa María de Trastévere.


Primera Lectura

Sabiduría 7,7-11

Por eso pedí y se me concedió la prudencia;
supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos
y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella. Ni a la piedra más preciosa la equiparé,
porque todo el oro a su lado es un puñado de arena
y barro parece la plata en su presencia. La amé más que la salud y la hermosura
y preferí tenerla a ella más que a la luz,
porque la claridad que de ella nace no conoce noche. Con ella me vinieron a la vez todos los bienes,
y riquezas incalculables en sus manos.

Salmo responsorial

Salmo 89 (90)

Señor, tú has sido para nosotros
un refugio de edad en edad.

Antes que los montes fuesen engendrados,
antes que naciesen tierra y orbe,
desde siempre hasta siempre tú eres Dios.

"Tú al polvo reduces a los hombres,
diciendo: ""¡Tornad, hijos de Adán!"" "

Porque mil años a tus ojos
son como el ayer, que ya pasó,
como una vigilia de la noche.

Tú los sumerges en un sueño,
a la mañana serán como hierba que brota;

por la mañana brota y florece,
por la tarde se amustia y se seca.

Pues por tu cólera somos consumidos,
por tu furor anonadados.

Has puesto nuestras culpas ante ti,
a la luz de tu faz nuestras faltas secretas.

Bajo tu enojo declinan todos nuestros días,
como un suspiro consumimos nuestros años.

Los años de nuestra vida son unos setenta,
u ochenta, si hay vigor;
mas son la mayor parte trabajo y vanidad,
pues pasan presto y nosotros nos volamos.

¿Quién conoce la fuerza de tu cólera,
y, temiéndote, tu indignación?

¡Enséñanos a contar nuestros días,
para que entre la sabiduría en nuestro corazón!

¡Vuelve, Yahveh! ¿Hasta cuándo?
Ten piedad de tus siervos.

Sácianos de tu amor a la mañana,
que exultemos y cantemos toda nuestra vida.

Devuélvenos en gozo los días que nos humillaste,
los años en que desdicha conocimos.

¡Que se vea tu obra con tus siervos,
y tu esplendor sobre sus hijos!

¡La dulzura del Señor sea con nosotros!
¡Confirma tú la acción de nuestras manos!

Segunda Lectura

Hebreos 4,12-13

Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 10,17-30

Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿ qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.» El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.» Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.» Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.» Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?» Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.» Pedro se puso a decirle: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.» Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

El Evangelio nos muestra a Jesús que sale para reanudar el camino hacia Jerusalén. Es una invitación dirigida también a nosotros, para que nos dejemos encaminar en un itinerario de crecimiento espiritual. El hombre del que habla el Evangelio de Marcos «corre» hacia Jesús. Tiene prisa por encontrarse con él. En ello es realmente ejemplar respecto a nuestra pereza en seguir al Señor. Marcos da a entender que se trata de un adulto (para Mateo es un joven). Sea como sea, a cualquier edad se puede, es más, se debe correr hacia el Señor. Este hombre, al llegar delante de Jesús, se echa a sus pies y le hace una pregunta fundamental para la vida: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Lo llama «bueno» no por adulación; lo piensa de verdad. Pero Jesús lo corrige rápidamente: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios». Para nosotros, que siempre estamos dispuestos a mostrar una alta consideración de nosotros mismos, la afirmación de Jesús es una lección. Solo Dios es bueno, nadie más. Y menos, nosotros. Reconocerlo no es una cuestión de humildad, sino de verdad. Comprender nuestra debilidad y nuestro pecado significa dar el primer paso de aquella carrera que nos lleva hacia el Señor. Aquel hombre corre hacia Jesús y se abre un diálogo. Jesús le pregunta si conoce y los mandamientos, y aquel hombre le contesta que los ha observado desde su juventud. No es de ningún modo un creyente a medias tintas. No sé cuántos de nosotros pueden dar la misma respuesta a la pregunta de Jesús.
El evangelista observa: «Jesús, fijando en él su mirada, le amó». La de Jesús es siempre una palabra que ve, que fija la mirada, con amor sobre la vida de los hombres. También hoy Jesús se dirige a nosotros, y con la misma intensidad de amor, nos dice: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». El Evangelio siempre pide un compromiso, una decisión, una respuesta. El hombre rico, cuando las oyó, bajó la mirada y se alejó con la tristeza en el corazón. El evangelista termina amargamente la escena explicando el motivo: «porque tenía muchos bienes». En realidad, también Jesús se entristeció, y mucho; perdía a un amigo, perdía a un discípulo; y lo perdían también todos aquellos a los que aquel hombre habría podido anunciar la alegría del Evangelio.
«¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!», dice Jesús. Y concluye diciendo: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Son palabras que deberían asustarnos, porque nosotros, hijos de un mundo rico, tenemos tendencia a coger, a poseer, más que a dar, a ofrecer, a compartir. Jesús nos pide que pongamos a Dios por encima de todo, incluso por encima de los bienes que tenemos, y que consideremos a los pobres como hermanos nuestros hacia los que tenemos una deuda de amor y de ayuda. Lo que pide el Señor parece una renuncia, y en parte lo es, pero sobre todo es una gran sabiduría de vida. La respuesta de Jesús a la petición que hace Pedro en nombre de los discípulos explica concretamente las consecuencias de la sabiduría evangélica: aquel que lo abandona todo para seguir a Jesús recibirá en esta vida cien veces más y, después de la muerte, la vida eterna. A veces pensamos que la vida evangélica es solo privación. Eso mismo pensó el hombre rico. En realidad, la decisión de seguir al Señor por encima de todas las cosas es sumamente «conveniente», no solo para salvar el alma en el futuro, sino también para degustar «cien veces» más la vida en esta tierra. Aquel que pone delante de todo a Dios en su vida entra a formar parte de su "familia" en la que encuentra hermanos y hermanas para amar, padres y madres para venerar, casas y campos para trabajar.