Liturgia del domingo

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XXIX del tiempo ordinario
Recuerdo de san Ignacio, obispo de Antioquía. Fue condenado a muerte y llevado a Roma, donde murió mártir (†107).


Primera Lectura

Isaías 53,10-11

Mas plugo a Yahveh
quebrantarle con dolencias.
Si se da a sí mismo en expiación,
verá descendencia, alargará sus días,
y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma,
verá luz, se saciará.
Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos
y las culpas de ellos él soportará.

Salmo responsorial

Salmo 32 (33)

¡Gritad de júbilo, justos, por Yahveh!,
de los rectos es propia la alabanza;

¡dad gracias a Yahveh con la cítara,
salmodiad para él al arpa de diez cuerdas;

cantadle un cantar nuevo,
tocad la mejor música en la aclamación!

Pues recta es la palabra de Yahveh,
toda su obra fundada en la verdad;

él ama la justicia y el derecho,
del amor de Yahveh está llena la tierra.

Por la palabra de Yahveh fueron hechos los cielos
por el soplo de su boca toda su mesnada.

El recoge, como un dique, las aguas del mar,
en depósitos pone los abismos.

¡Tema a Yahveh la tierra entera,
ante él tiemblen todos los que habitan el orbe!

Pues él habló y fue así,
mandó él y se hizo.

Yahveh frustra el plan de las naciones,
hace vanos los proyectos de los pueblos;

mas el plan de Yahveh subsiste para siempre,
los proyectos de su corazón por todas las edades.

¡Feliz la nación cuyo Dios es Yahveh,
el pueblo que se escogió por heredad!

Yahveh mira de lo alto de los cielos,
ve a todos los hijos de Adán;

desde el lugar de su morada observa
a todos los habitantes de la tierra,

él, que forma el corazón de cada uno,
y repara en todas sus acciones.

No queda a salvo el rey por su gran ejército,
ni el bravo inmune por su enorme fuerza.

Vana cosa el caballo para la victoria,
ni con todo su vigor puede salvar.

Los ojos de Yahveh están sobre quienes le temen,
sobre los que esperan en su amor,

para librar su alma de la muerte,
y sostener su vida en la penuria.

Nuestra alma en Yahveh espera,
él es nuestro socorro y nuestro escudo;

en él se alegra nuestro corazón,
y en su santo nombre confiamos.

Sea tu amor, Yahveh, sobre nosotros,
como está en ti nuestra esperanza.

Segunda Lectura

Hebreos 4,14-16

Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna.

Lectura del Evangelio

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 10,35-45

Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: «Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos.» El les dijo: «¿Qué queréis que os conceda?» Ellos le respondieron: «Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda.» Jesús les dijo: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» Ellos le dijeron: «Sí, podemos.» Jesús les dijo: «La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado.» Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ayer fui sepultado con Cristo,
hoy resucito contigo que has resucitado,
contigo he sido crucificado,
acuérdate de mí, Señor, en tu Reino.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Homilía

Marcos reproduce un diálogo entre Jesús y los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan. Estamos todavía de camino hacia Jerusalén y, por tercera vez, Jesús confía a los discípulos el destino de muerte que le espera al final de su viaje a la ciudad santa. Los dos discípulos, a los que no habían afectado en absoluto las palabras del Maestro, se acercan a Jesús y le piden los primeros puestos a su lado cuando instaure su reino. Están preocupados por ellos y procuran hacerse con aquellos primeros puestos. En el fondo, responden a una manera de pensar humana y actual: primero yo, y luego los demás. Procurarse los primeros puestos es un problema para muchos aún hoy. Tienen miedo de quedarse atrás, de no ser importantes. Esta preocupación a menudo encoge el corazón, hace ver a los demás como enemigos, como rivales, e impide pensar en quien tenemos a nuestro lado, en quien está necesitado.
"No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que voy a ser bautizado?" Jesús vuelve a explicar cuál es el sentido de su vida y utiliza dos símbolos importantes: el cáliz y el bautismo. Ambas imágenes son interpretadas por Jesús en relación a su muerte. El cáliz es el signo de la ira de Dios, como escribe Isaías: "¡Despierta, despierta! ¡Levántate, Jerusalén! Tú, que has bebido de mano del Señor la copa de su ira; tú, que has bebido hasta las heces el cáliz del vértigo" (Is 51,17). Con esta metáfora Jesús indica que él carga con el juicio de Dios por el mal hecho en el mundo, pagando por ello con la muerte. Lo mismo se puede decir del símbolo del bautismo: "Todas tus olas y tus crestas han pasado sobre mí" (Sal 42,8). Es decir, con dos símbolos Jesús muestra que su camino no es una carrera hacia el poder. En todo caso es la asunción del mal de los hombres, como dijo el Bautista: "He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo".
La petición de los dos hijos de Zebedeo desencadena la envidia y los celos de los demás. Jesús los llama a todos y los instruye: "Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos, y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros".
Jesús continúa diciendo a sus discípulos y a todos nosotros: "Pero no ha de ser así entre vosotros". Jesús tiene un poder que da a sus discípulos, el del amor, el de vencer el mal con el bien. Y ese poder no es dominio, sino servicio. "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos". Y, como ha recordado el papa Francisco, quien no vive para servir, no sirve para vivir. Así debe ser para todo discípulo suyo. Queridos hermanos y queridas hermanas, sigamos al Señor para amarnos un poco menos a nosotros mismos y amar más a los demás, y de ese modo estar ya hoy a su derecha y a su izquierda por los caminos de este mundo. Alrededor de su altar aprendemos a servir para vivir, de él que vivió para servir.