HOMILIES

"Cada vida es un mundo que salvar". Homilía del cardenal Matteo Zuppi en la oración "Morir de esperanza"

Nunca tenemos que aceptar que se cuestione en ningún caso la humanísima y responsable ley del mar, regla de humanidad para salvar a cualquier persona que esté en peligro. Está en peligro. Hay que salvarla.

En la basílica de Santa María de Trastevere se celebró la vigilia de oración "Morir de esperanza" en recuerdo de los numerosos migrantes que han muerto mientras intentaban llegar a Europa y Estados Unidos.

Cientos de mujeres y de hombres, junto a migrantes y refugiados de muchas tierras, recordaron a las víctimas de los viajes de la esperanza. Sus nombres y sus historias fueron recordados en la oración al Señor. El cardenal Matteo Zuppi presidió la ceremonia ecuménica en la que participaron asociaciones, comunidades religiosas y muchas personas de buena voluntad que no quieren olvidar, sino construir juntos un mundo humano y acogedor para todos.

Homilía del cardenal Matteo Maria Zuppi
Mt 24,4-14

Olvidar es una doble traición a la vida, que pide, siempre y para todos, que la defiendan y la recuerden. Para los paganos el olvido era la verdadera muerte. Es atroz ser "olvidado" en vida, porque implica que nadie te visite, te espere, te dé importancia. Olvidar resta valor a aquel libro que somos cada uno de nosotros, siempre único y digno para todos. Los cristianos confían en un Padre que cuenta hasta el último cabello de nuestra cabeza, que conoce el nombre del desconocido que está a la puerta del rico y alivia su miseria envolviéndolo con su bien. De hecho, así hace que comprendamos que un desconocido es el prójimo que necesitamos.

El nuestro es un Dios que escucha el grito de sus elegidos que buscan justicia día y noche. Dios se hizo víctima. Se identifica con las víctimas, con su cuerpo y su alma, y nos las confía hasta el punto de que seremos juzgados precisamente si hacemos lo que requiere su situación. Dios es el guardián y nos enseña a no contestar nunca que nosotros no somos los guardianes, acusando a Dios de pedirnos algo excesivo. "¿Acaso soy yo?". Cuando no custodiamos la vida, la condenamos. Dios atiende las súplicas: no espera para ver cómo termina, para ver si se ocupa otro, para determinar de quién es competencia. Dios conoce y protege la fragilidad de las personas. Toda persona es suya y es de gran valor. Toda persona es un mundo, un mundo que salvar. La celebración de hoy es una celebración de salvados que no pueden olvidar a los hundidos. Nosotros nos salvamos. No lo olvidemos y no dejemos de dar gracias por haber sobrevivido. Algunos de nosotros sobrevivieron físicamente porque estaban en la misma situación de otros que no se salvaron y algunos llevan consigo el mismo dolor porque algún amigo, algún hermano, alguna madre no han llegado. ¡Qué dolor! En realidad todos nos salvamos de la tormenta del mar, de las olas de la guerra, que cuando se alzan se llevan por delante a cualquiera y engullen a todos en sus aguas de muerte. Los que nos hemos salvado queremos salvar, para que nadie se hunda, para devolver la gracia y porque comprendemos que la seguridad, la paz y el bienestar no se pierden si acogemos, pero se pierden cuando nos lo quedamos para nosotros, cuando no hacemos a los demás lo que los demás han hecho por nosotros.

Así pues, esta es una fiesta preciosa porque, aunque está llena de sufrimiento y de recuerdo, está llena también de belleza porque hoy se recompone el mosaico de la vida, con rasgos humanos y divinos, con una luz resplandeciente, un mosaico en el que están también los que ya no están y por los que, como Raquel, no queremos ser consolados porque ya no están. Aquí historias, orígenes, diversidad, colores y lenguas se mezclan, se entonan una a otra sin confundirse, reuniendo a todos los pueblos que no hablan la misma lengua pero todos comprenden la del amor y aprenden a hablarla, comprendiéndose y no ignorándose u oponiéndose. Nunca tenemos que aceptar que se cuestione en ningún caso la humanísima y responsable ley del mar, regla de humanidad para salvar a cualquier persona que esté en peligro. Está en peligro. Hay que salvarla. Recordaremos muchos nombres de los que no se salvaron. Los llevamos en el corazón, los llevaremos en el corazón. El prójimo. También sentimos la humillación de no poder recordar los nombres de todos aquellos santos inocentes que no han encontrado a nadie que les protegiera de Herodes. En el Evangelio Jesús nos ayuda a mirar lo que ocurre, y hace que seamos conscientes de que puede ocurrir, de que ocurrirá. El Evangelio nos habla de un pueblo que se levanta contra otro pueblo y de un reino contra otro reino. ¡Cuántas guerras inaceptables! Debemos tener esperanza, incluso contra toda esperanza. ¡Cuántos refugiados son una de las consecuencias de las guerras! Jesús nos recuerda que también hay carestías y terremotos en varios lugares. Nos previene de los falsos profetas que engañan haciéndonos creer que vivimos seguros cuando en realidad solo estamos más expuestos y somos menos humanos. Los falsos ídolos llenan de furor nuestros días y vacían los corazones de amor. Vemos muchas injusticias y un amor que se ha enfriado, como ocurre siempre cuando no amamos al prójimo como a nosotros mismos, ¡e incluso pensamos que ese amor nos lo han quitado a nosotros! De ahí que se nos invite a ser perseverantes, es decir, a no dejar de amar.

La perseverancia es acordarnos de la historia de Osama, de 25 años, y de Shawq Muhammad, de 22 años, sirios, ahogados junto a Moshin, Abdul y Sami, paquistaníes, la noche del 13 al 14 de junio de 2023 frente a Kalamata, en Grecia, cuando la embarcación en la que iban volcó tras un viaje de cinco días que había empezado en Tobruk, en Libia. Recordemos a los 700 pasajeros, entre los que había muchas mujeres y muchos niños, provenientes sobre todo de Siria, Egipto y Pakistán. Solo se salvaron 108. La perseverancia es un amor que siente el escándalo y la vergüenza por tanto sufrimiento, no se acostumbra a dicho sufrimiento y lo convierte en el motivo y la urgencia para elegir, para elegir finalmente un sistema de protección y de acogida seguro para todos, un sistema legal, porque solo con la legalidad se combate la ilegalidad, es decir, el lucro criminal de personas. Y Europa, hija de quienes sobrevivieron a la guerra y que no deja de oír aquellas voces lejanas de humildes nombres y de todos cuantos nos dieron esta libertad y esta justicia, debe garantizar los derechos que tiene, garantizando flujos que sean corredores humanitarios y corredores de empleo, corredores universitarios, reagrupaciones familiares que garantizan futuro y estabilidad, la adopción de personas que no buscan más que a alguien que les dé confianza y oportunidades. ¡Y darlas hace que las encontremos!

¡No se puede morir de esperanza! Quien muere de esperanza nos está pidiendo que busquemos de prisa para que no les ocurra lo mismo a otros, para encontrar respuestas posibles, dignas de nuestra dilatada historia, conscientes del futuro, de la grandeza de nuestro continente y de nuestra patria. Por eso esta celebración nos hace sufrir pero al mismo tiempo enciende una gran luz. Querríamos que en la oscuridad de la noche en alta mar se encendieran corazones que acogen, esperan y orientan. Es realmente la gran ocasión que no hay que permitir que nadie se pierda y que no nos debemos perder, para ser lo que somos. Porque es cierto que existe la banalidad del mal, pero también la del bien. Y esta celebración nos lo muestra de manera conmovedora y extraordinariamente humana. Italia, Europa vuelve a ser ella misma cuando acoge. Hace sesenta años, el papa Bueno escribía: (PT 12): "Todo ser humano tiene el derecho, cuando lo aconsejen justos motivos, de emigrar a otros países y fijar allí su domicilio. El hecho de pertenecer como ciudadano a una determinada comunidad política no impide en modo alguno ser miembro de la familia humana y ciudadano de la sociedad y convivencia universal, común a todos los hombres". En el 109 mensaje para la jornada mundial del emigrante y del refugiado (¡qué larga es la historia de los migrantes, tan larga como la misma historia!) el papa Francisco nos confía la preocupación de garantizar la libertad de decidir si emigrar o quedarse. "Hace falta un esfuerzo conjunto de los distintos países y de la comunidad internacional para asegurar que todos tengan derecho a no tener que emigrar, es decir, la posibilidad de vivir en paz y con dignidad en su tierra". Esta sí es una visión por la que vale la pena vivir, invertir energías, recursos, que nos ayudan a buscar el futuro, que es como la casa del mundo, uno solo.
"Dios, Padre todopoderoso, concédenos la gracia de trabajar a favor de la justicia, de la solidaridad y de la paz, para que todos tus hijos tengan la libertad de elegir si migran o se quedan. Danos la valentía de denunciar todos los horrores de nuestro mundo, de luchar contra toda injusticia que desfigura la belleza de tus criaturas y la armonía de nuestra casa común. Sosténnos con la fuerza de tu Espíritu, para que podamos manifestar tu ternura a cada migrante que pones en nuestro camino y difundir en los corazones y en cualquier lugar la cultura del encuentro y del cuidado".
 

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