Vigilia del domingo

Compartir En


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 4,32-37

La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón y una sola alma. Nadie llamaba suyos a sus bienes, sino que todo era en común entre ellos. Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían campos o casas los vendían, traían el importe de la venta, y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad. José, llamado por los apóstoles Bernabé (que significa: «hijo de la exhortación»), levita y originario de Chipre, tenía un campo; lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Por segunda vez Lucas resume la vida de la comunidad cristiana, como si quisiera destacar que aquellos rasgos son fundamentales para las comunidades cristianas de todos los tiempos. No es posible una comunidad cristiana que no viva la comunión. El autor de los Hechos empieza este pasaje hablando de una multitud de personas que han acogido el Evangelio. Aquella multitud no es una masa anónima de personas que se reúne por casualidad o por intereses comunes o para lograr un objetivo. Aquella multitud se ha transformado profundamente por acción del Espíritu Santo hasta convertirse en «un solo corazón y un solo Espíritu». Podríamos decir que ha pasado de ser una muchedumbre anónima a ser un pueblo reunido por el Espíritu Santo. El Evangelio, en efecto, crea un clima de comunión entre aquellos que lo acogen. Todos ellos son liberados de aquel espíritu individualista que nos caracteriza en lo más hondo de nuestro interior. Cuando el autor de los Hechos habla del Bautismo hace referencia a la inmersión en la comunión con el Señor. Y se produce una transformación profunda que une a unos y otros hasta formar un solo cuerpo, una sola alma, una sola persona. El vínculo que uno a unos y a otros no es de tipo psíquico ni de carácter, ni tampoco de origen ni de lengua. Están unidos por el mismo Espíritu, el de Jesús. Y es una unión tan profunda que cambia la manera de vivir, hasta el punto de que «nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común», escribe Lucas. El espíritu de comunión invade toda la vida de la comunidad hasta el punto de que conciben sus bienes en común. Esta imagen de la comunidad, que puede parecer utópica, muestra a los discípulos de todos los tiempos el camino que deben seguir: vivir la comunión y compartir. Es una transformación de las relaciones entre los creyentes que se produce por la fuerza que da acoger el Evangelio en el corazón. El ejemplo de Bernabé que refieren los Hechos parece destacar que el camino de la comunión y de compartir no es un sueño irrealizable y lejano. Si los discípulos del Señor acogen el Evangelio con fe su corazón y su vida cambian. Y entonces el testimonio de la comunidad es atractivo. La observación de Lucas de que «gozaban todos de gran simpatía» indica la fuerza del testimonio de la comunidad cristiana ante los hombres. Las comunidades cristianas están llamadas a suscitar también hoy en el corazón de nuestras ciudades, que muchas veces son áridas de amor, aquella «gran simpatía» de la que gozaba aquella primera comunidad de Jerusalén.