Vigilia del domingo

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 7,58-8,3

le echaron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu.» Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado.» Y diciendo esto, se durmió. Saulo aprobaba su muerte.
Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia
de Jerusalén. Todos, a excepción de los apóstoles,
se dispersaron por las regiones de Judea y
Samaria. Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Con la lapidación de Esteban empieza la historia de los mártires cristianos. Esteban imita a Jesús hasta la muerte. Lucas reproduce sus últimas palabras, que son similares a las que su Maestro pronunció desde la cruz: «Señor, recibe mi espíritu», y también, mientras cae de rodillas, entre otros motivos, por las piedras que le lanzan: «Señor, no les tengas en cuentas este pecado». Y entonces «se durmió», afirma el autor, como si quisiera suavizar aquella muerte violenta y dramática. Esteban es el primero de una larguísima serie de mártires que en el siglo XX alcanzó numéricamente el punto más alto en la historia cristiana. El mártir es aquel que no pacta con la mentalidad egoísta de este mundo; por eso lo echan. Le pasó lo mismo a Jesús: no pudo nacer en Belén y tuvo que irse; fue a Nazaret y lo llevaron a un precipicio para asesinarlo; y finalmente en Jerusalén lo llevaron fuera de las murallas y lo crucificaron. El mártir es un testimonio del amor del Evangelio hasta el confín extremo del amor, hasta la efusión de la sangre. Esteban, siguiendo el ejemplo de Jesús, perdona a aquellos que lo están matando. Para él, al igual que para Jesús, no hay enemigos; él reza por sus perseguidores, para que cambien y conviertan su corazón. Para el mundo es fácil y es normal odiar a los enemigos o a los presuntos enemigos. Pero el mundo necesita vaciarse de violencia y debe llenarse de perdón y de amor. Benedicto XVI, en la liturgia de inicio de su pontificado, decía que el crucifijo es el que salva al mundo, no los crucificadores. Y nosotros podemos añadir que los numerosos mártires de todos los tiempos han salvado y continúan salvando al mundo de la destrucción. Pablo, que había asistido al martirio y lo había aprobado hasta el punto que había continuado la persecución contra los cristianos, es tal vez el primero a cuyo corazón llega la oración de Esteban.