Vigilia del domingo

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Recuerdo de santa Clara de Asís ((1253), discípula de san Francisco en el camino de la pobreza y de la simplicidad evangélica.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Mateo 17,14-19

Cuando llegaron donde la gente, se acercó a él un hombre que, arrodillándose ante él, le dijo: «Señor, ten piedad de mi hijo, porque es lunático y está mal; pues muchas veces cae en el fuego y muchas en el agua. Se lo he presentado a tus discípulos, pero ellos no han podido curarle.» Jesús respondió: «¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo acá! Jesús le increpó y el demonio salió de él; y quedó sano el niño desde aquel momento. Entonces los discípulos se acercaron a Jesús, en privado, y le dijeron: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Un hombre se acerca a Jesús y le pide que tenga piedad de su hijo. El sufrimiento se convierte muchas veces en una invocación de piedad, porque es insoportable tanto para quien lo experimenta como para quien debe estar junto a los seres queridos que lo experimentan. El joven no es dueño de sí mismo, como tantos jóvenes que caen a menudo en dependencias que les hacen perder el control. En realidad aquel padre no quería importunar al Maestro y llevó al hijo a sus discípulos esperando que fueran capaces de curarlo. Pero no lo habían logrado. Jesús con una palabra lo cura. Los discípulos, cuando están a solas con él, le piden explicaciones sobre por qué no han sido capaces de curarlo. Jesús contesta con gran claridad diciéndoles que es a causa de su poca fe. A pesar de todo, Jesús continúa confiando en ellos, continúa dándoles su palabra, su cariño y su corrección. Y a continuación les abre un futuro lleno de esperanza: «Nada os será imposible». La fe, por pequeña que sea, siempre obra grandes prodigios: puede desplazar montañas. Las palabras de Jesús revelan que los discípulos no tuvieron fe y buscaron la fuerza en otras cosas. ¡Qué fácilmente confiamos en nuestras capacidades personales, en el poder de este mundo! Muchas veces buscamos la levadura de los fariseos y de Herodes, es decir, de la hipocresía y del poder sobre los demás. Todo eso no pueden cambiar la vida, porque solo la fe puede hacer realidad lo que de otro modo es imposible. Una fe del tamaño de una semilla de mostaza significa que lo único que hace falta es un corazón creyente, capaz de confiar en un amor mucho mayor que nosotros y que no decepciona.