Vigilia del domingo

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Sirácida 48,1-4.9-11

Después surgió el profeta Elías como fuego,
su palabra abrasaba como antorcha. El atrajo sobre ellos el hambre,
y con su celo los diezmó. Por la palabra del Señor cerró los cielos,
e hizo también caer fuego tres veces. ¡Qué glorioso fuiste, Elías, en tus portentos!
¿quién puede jactarse de ser igual que tú? en torbellino de fuego fuiste arrebatado
en carro de caballos ígneos; fuiste designado en los reproches futuros,
para calmar la ira antes que estallara,
para hacer volver el corazón de los padres a los
hijos,

y restablecer las tribus de Jacob. Felices aquellos que te vieron
y que se durmieron en el amor,
que nosotros también viviremos sin duda.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ya en el corazón del camino del Adviento, la liturgia nos presenta un pasaje del libro del Eclesiástico que retoma el pasaje evangélico de hoy (Mt 17,10-13). Bajando del monte después de la Transfiguración, Jesús habla de la tradición que consideraba al gran profeta Elías precursor del Mesías. Y Jesús confirma que Elías ya ha venido, pero se refería a Juan Bautista. El Eclesiástico, sin embargo, escribe: "Surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha". El pueblo de Dios había endurecido su corazón y se había obstinado en vivir con comportamientos que lo llevaban lejos de la alianza con el Señor. Es una experiencia que no se refiere solo al antiguo Israel. Se refiere también a nosotros. El Señor sigue hablándonos también a nosotros -como en todo tiempo de la Historia y de la vida. Debemos preguntarnos por qué no nos dejamos tocar el corazón por las palabras del Señor que siempre sugieren cosas nuevas. Si escuchamos con fe la Palabra de Dios descubriremos que nos revela cada vez más su sueño. Decía bien san Juan XXIII a quien lo criticaba por su mirada profética: "no es el Evangelio que cambia, somos nosotros que lo comprendemos mejor". Si el Evangelio ya no nos sorprende, si no cambia nuestro corazón, es porque nuestro corazón se ha endurecido en la seguridad de nosotros mimos, aunque incluso esté marcada por costumbres religiosas. Perdemos así la oportunidad de asombrarnos por la extraordinaria novedad de vida que la Palabra comunica. Elías es la Palabra de Dios que el Señor hace resonar nuevamente en nuestros oídos en este tiempo necesitado de gran renovación. La predicación que recibimos en este tiempo sigue cayendo "tres veces", como el fuego, en el corazón de los hombres. ¿Acaso no hay un fuego que se enciende y que "reconcilia a los padres con los hijos"? Este es el fuego que la predicación del Evangelio enciende en la predicación del papa Francisco. Y dichosos nosotros si nos dejamos llevar por este fuego de la profecía: toda laceración será curada y la fraternidad restablecida.