Vigilia del domingo

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Recuerdo de san Sergio de Radonež, monje fundador de la laura de la Santa Trinidad de Moscú. Recuerdo del pastor evangélico Paul Schneider, asesinado en el campo de concentración nazi de Buchenwald en julio de 1939.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Miqueas 2,1-5

¡Ay de aquellos que meditan iniquidad,
que traman maldad en sus lechos
y al despuntar la mañana lo ejecutan,
porque está en poder de sus manos! Codician campos y los roban,
casas, y las usurpan;
hacen violencia al hombre y a su casa,
al individuo y a su heredad. Por eso, así dice Yahveh:
He aquí que yo medito,
contra esta ralea, una hora de infortunio
de la que no podréis sustraer vuestro cuello.
¡No andaréis con altivez,
porque será un tiempo de desgracia! Aquel día se proferirá sobre vosotros una sátira,
se plañirá una lamentación y se dirá:
"¡Estamos despojados del todo;
la porción de mi pueblo se ha medido a cordel,
y no hay quien restituya;
a nuestros saqueadores les tocan nuestros campos!" Por eso no habrá para vosotros nadie
que tire el cordel sobre un lote
en la asamblea de Yahveh.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Miqueas vive en Jerusalén, ciudad no tan distinta de la Samaría que describió Amós. No solo presenta una acusación por arbitrariedad y abuso sino que muestra claramente la perversión que se apodera de quienes se convierten en esclavos del poder que ejercen. Incluso traman el mal por la noche. Todo su tiempo está dominado por el espíritu del maligno. El profeta nos advierte para que no nos dejemos engañar por el afán de poseer, porque todo terminará y se perderá. También en nuestro mundo el amor por el dinero continúa creando desigualdad e injusticia y deja a los pobres fuera de las puertas, como le pasó al pobre Lázaro. El mundo nunca ha sido tan rico en bienes como hoy, y sin embargo, nunca los pobres han sido tan numerosos como en nuestro tiempo. Es una injusticia insoportable para Dios. El grito de los pobres llega hasta el corazón de Dios y lo conmueve. La Palabra profética viene a denunciar el escándalo de esta disparidad. Hoy no deja de aumentar la distancia entre ricos y pobres. Es una desigualdad que provoca conflictos y guerras que siguen bañando en sangre la tierra. El inicio de esta página es emblemático. Empieza con la interjección "¡ay!". Es una expresión de advertencia para quien obra el mal y al mismo tiempo una severa invitación para que se arrepienta antes de que sea demasiado tarde, pues el mal se volverá contra los violentos: los que traman maldades día y noche creen que quedarán impunes. La sabiduría bíblica advierte de que la injusticia es siempre una ofensa también a Dios, que es Padre de todos.