Vigilia del domingo

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Filipenses 1,18-26

Pero ¿y qué? Al fin y al cabo, hipócrita o sinceramente, Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome. Pues yo sé que esto servirá para mi salvación gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo, conforme a lo que aguardo y espero, que en modo alguno seré confundido; antes bien, que con plena seguridad, ahora como siempre, Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte, pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger... Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús cuando yo vuelva a estar entre vosotros.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

En los versículos anteriores al pasaje que hemos escuchado (1,12-17), Pablo escribe a los cristianos de Filipos que su cautiverio se ha convertido en una ocasión para predicar el Evangelio. El apóstol no habla de las estrecheces que sufre a casa del cautiverio. De hecho, la pasión por el Evangelio ha hecho que el cautiverio se convierta en una ocasión extraordinaria para predicar el Evangelio. El apóstol, realmente, ha hecho de toda su vida un servicio total al Evangelio de Jesús. Deja en segundo plano su destino personal, su vida y su muerte: lo que importa es predicar el Evangelio. Es una gran lección para todos nosotros, que tan a menudo sucumbimos a la pereza o a avaros horizontes personales. El apóstol quiere que también los cristianos de Filipos comprendan que ese es precisamente el cometido de los discípulos de Jesús: dar testimonio del Evangelio, siempre. Y es un cometido irrenunciable que lo lleva a escribir: "Al fin y al cabo, con hipocresía o con sinceridad, Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome". Comunicar el Evangelio es dar a conocer con las palabras y con la vida la grandeza del amor de Dios que se ha revelado en el Señor Jesús. Esta pasión de Pablo nos plantea una profunda pregunta a todos nosotros al inicio de este nuevo siglo. ¿No hemos delegado muchas veces en otros esta tarea, que Dios nos confió a cada uno de los discípulos, sin excluir a ninguno? Todos, en efecto, leyendo las páginas de la Epístola a los Filipenses, deberíamos poder decir: "Para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia". Y si el Señor nos concede la vida, nosotros vivimos para el Señor y para el Evangelio, porque solo así podemos ser realmente una ayuda para los demás y para el mundo.