Vigilia del domingo

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Apocalipsis 22,1-7

Luego me mostró el río de agua de Vida, brillante como el cristal, que brotaba del trono de Dios y del Cordero. En medio de la plaza, a una y otra margen del río, hay árboles de Vida, que dan fruto doce veces, una vez cada mes; y sus hojas sirven de medicina para los gentiles. Y no habrá ya maldición alguna; el trono de Dios y del Cordero estará en la ciudad y los siervos de Dios le darán culto. Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. Noche ya no habrá; no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos. Luego me dijo: «Estas palabras son ciertas y verdaderas; el Señor Dios, que inspira a los profetas, ha enviado a su Ángel para manifestar a sus siervos lo que ha de suceder pronto. Mira, vengo pronto. Dichoso el que guarde las palabras proféticas de este libro.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Por último Juan ve "un río del agua de vida". Es el río que se encontraba en el Edén (Gn 2,19), el que Ezequiel había visto salir del Templo (Ez 41,7) y el que Zacarías había anunciado en su profecía (Zc 14,8). También Jesús lo anunció cuando dijo a la samaritana: "El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para la vida eterna" (Jn 4,14). Juan, que sin duda recuerda estas palabras de Jesús, ve ahora con sus ojos aquella fuente que mana para la eternidad. Aquel río de agua de vida brota del trono de Dios y del Cordero. A su alrededor se reúnen los salvados para celebrar la perfecta liturgia de adoración. Se hace realidad finalmente la bienaventuranza de Jesús: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (Mt 5,8). Esa era la gran esperanza que proclamaron tanto Pablo como el mismo Juan: "Ahora vemos como en un espejo, de forma borrosa; pero entonces veremos cara a cara" (1 Co 13,12) y "seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es" (1 Jn 3,2). Consagrados a él para siempre ("llevarán su nombre en la frente"), los justos están delante de Dios en la alegría de un encuentro que ya nada podrá romper. En medio de la ciudad Juan descubre el "árbol de la vida". Es el árbol que fue ocasión de pecado para los progenitores, pero ahora es fuente de vida para los elegidos por Dios. Es el árbol de Cristo, su cruz, que ya no es signo de muerte sino de vida.