Vigilia del domingo

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Recuerdo de la muerte de Gandhi, asesinado en 1948 en Nueva Delhi. Con él recordamos a todos aquellos que, en nombre de la no-violencia, trabajan por la paz.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Quien vive y cree en mí
no morirá jamas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 4,35-41

Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla.» Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?» Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Si tú crees, verás la gloria de Dios,
dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Evangelio de Marcos sigue presentándonos a Jesús recorriendo los caminos de los hombres. Hay en él una urgencia irresistible de comunicar el Evangelio a todos, por ello no se detiene en lugares que tal vez sean más seguros y ciertos. Dice a los discípulos: "Pasemos a la otra orilla". La otra orilla del Evangelio de Marcos representa el mundo de los paganos, de los que están lejos de la fe en el Dios de Israel. Los discípulos no habrían ido allí solos, como a nosotros nos resulta difícil ir a los que creemos que están lejos o que no son capaces de aceptar el Evangelio de Jesús. Todos conocemos la tentación de detenernos en los horizontes para nosotros habituales, seguros y confortables. Jesús amplía nuestros corazones y mentes desde el principio. Hay un deseo de universalidad que Jesús comunica a los discípulos y que, a lo largo de los siglos, se manifiesta con distinta intensidad. Hoy, en un mundo globalizado que, por otra parte, ha descubierto dramáticamente su propia fragilidad, esta urgencia es aún más evidente. La globalización, que nos había hecho aceptar un desarrollo a menudo insensato que ha producido desigualdades crueles, hoy debe estar marcada por una solidaridad efectiva y por un desarrollo que no deje a nadie atrás. Sí, nunca como hoy el mundo entero debe "pasar a la otra orilla", la de la fraternidad, la de la solidaridad entre los pueblos; y los cristianos tienen una tarea crucial en este horizonte. Debemos aceptar la invitación de Jesús como lo hicieron aquellos primeros discípulos. Marcos escribe: "Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba". Durante la travesía, como sucede a menudo en ese lago, se desencadena una fuerte tempestad. Es fácil ver en esta tempestad las numerosas tempestades que se abaten sobre los pueblos en nuestro tiempo y que perturban la existencia de muchos. A menudo nos detenemos solo en nuestras pequeñas agitaciones psicológicas. En el grito de los discípulos está el eco del de muchos hombres y muchas mujeres cuya existencia queda a merced de las olas adversas del mal. Este grito a menudo recoge también la impotencia y la resignación de aquellos que, abrumados por las tormentas de la vida, creen que el Señor está lejos, dormido y no despierto. El papa Francisco recogió este grito durante la pandemia del coronavirus y lo dirigió al Señor en una plaza de San Pedro vacía. Con él también nosotros recogemos los gritos de los que sufren y los convertimos en oración al Señor para que, como aquella vez, se levante, increpe a los vientos y diga al mar: "¡Calla, enmudece!", y los hombres y las mujeres duramente golpeados por el mal puedan alcanzar la otra orilla, la de la paz.