Memoria de los pobres

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Recuerdo de Nuestra Señora de Guadalupe, en México.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 24 (25), 4-9

4 Muéstrame tus caminos, Señor,
  enséñame tus sendas.

5 Guíame fielmente, enséñame,
  pues tú eres el Dios que me salva.
  En ti espero todo el día.

6 Acuérdate, Señor, de tu ternura
  y de tu amor, que son eternos.

7 De mis faltas juveniles no te acuerdes,
  acuérdate de mí según tu amor.

8 Bueno y recto es el Señor:
  muestra a los pecadores el camino,

9 conduce rectamente a los humildes
  y a los pobres enseña su sendero.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 24, el primero de una unidad de composición que llega hasta el salmo 33, es una oración que sale de la boca de los pobres que invocan la salvación, que piden perdón por los pecados junto a la indicación del camino a seguir. Junto su pueblo, el salmista está viviendo probablemente un momento difícil, tanto que su misma fe es puesta a prueba; quizá hace referencia al tiempo después del regreso del exilio, cuando los más fieles, al regresar a la patria, no fueron bien acogidos y con frecuencia se encontraron solos y por tanto desilusionados. Angustiados, se preguntaban si había valido la pena haber sido fieles a la ley del Señor. Y les venía la duda sobre si Dios mantenía de verdad las promesas. En tal contexto de dificultad, la primera parte del salmo manifiesta a la vez confianza y preocupación: “A ti, Señor, dirijo mi anhelo. A ti, Dios mío. En ti confío, ¡no quede defraudado, ni triunfen de mí mis enemigos!” (vv. 1-2). Son palabras que brotan de un hombre que quiere confiarse al Señor a pesar de la difícil situación que está viviendo y que parece ventajosa para sus enemigos. Sabe que el Señor no lo abandona, pero es consciente de su responsabilidad de conocer los caminos del Señor y de recorrerlos con su ayuda. Y reza: “Muéstrame tus caminos, Señor, enséñame tus sendas. Guíame fielmente, enséñame, pues tú eres el Dios que me salva” (vv. 4-5). La salvación -de ello es bien consciente el salmista- consiste en la escucha continuada y fiel de la Palabra de Dios. Es el Señor quien conoce los caminos de la salvación. El creyente está llamado a escuchar con continuidad la Palabra del Señor y ponerla en práctica fielmente. Es lo que Jesús también pedirá a sus discípulos: “Dichosos más bien los que oyen la palabra de Dios y la guardan” (Lc 11, 28). El creyente sabe sin embargo que es infiel y pecador. Pero no debe desesperar. Su fe está en el Señor y en su amor que es mucho más grande que el pecado del hombre. No debe cesar la oración. El salmista pone sobre nuestros labios su invocación: “Acuérdate, Señor, de tu ternura y de tu amor, que son eternos” (v. 6). En efecto, la belleza de la fe que emerge de las páginas del salmista es que nuestro Dios es grande en el amor, que su justicia es misericordia: “Bueno y recto es el Señor”, afirma el salmista y añade: “muestra a los pecadores el camino” (vv. 8-9). El Señor es verdaderamente un Padre bueno y misericordioso. Jesús nos exhorta a imitarlo: “sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48).