Memoria de la Madre del Señor

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 33 (34), 2-3.6-7.17-19.23

2 Bendeciré en todo tiempo al Señor,
  sin cesar en mi boca su alabanza;

3 en el Señor se gloría mi ser,
  ¡que lo oigan los humildes y se alegren!

6 Los que lo miran quedarán radiantes,
  no habrá sonrojo en sus semblantes.

7 Si grita el pobre, el Señor lo escucha,
  y lo salva de todas sus angustias.

17 el rostro del Señor hacia los bandidos,
  para raer de la tierra su recuerdo.

18 Cuando gritan, el Señor los oye
  y los libra de sus angustias;

19 El Señor está cerca de los desanimados,
  él salva a los espíritus hundidos.

23 Rescata el Señor la vida de sus siervos,
  nada habrán de pagar los que a él se acogen.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmista concluye la sección iniciada con el salmo 24 dando gracias y alabando a Dios. Es un pobre que, con alegría y reconocimiento, dirige al Señor su oración: “Bendeciré en todo tiempo al Señor, sin cesar en mi boca su alabanza…” (v. 2). Las palabras de este pobre están llenas de fe en su Dios que debe ser bendecido, alabado, glorificado, magnificado y exaltado. Los motivos casi se enumeran en el transcurso del salmo: el Señor responde a quien lo busca, escucha al pobre que grita, no permite que le falte nada a quien lo invoca, está cerca del que lo ama y salva al que está abatido. El salmista pone sobre nuestros labios palabras llenas de una confianza sólida y profunda, colmada de una religiosidad serena y simple. Este pobre, duramente golpeado como cualquier justo, permanece sin embargo firme en la confianza del Señor: este pobre es un anawin, un creyente de aquellos marginales que no encuentra ninguna consideración ni atención por parte de los hombres: sin embargo, ellos son amados por el Señor que les tiene en gran consideración; el Señor los mira, los escucha, está atento a su grito. Dice: “Si grita el pobre, el Señor lo escucha, y lo salva de todas sus angustias” (v.7). Hay un lazo directo entre los ojos del Señor y los ojos de los “pobres”: se miran recíprocamente y con una confianza mutua. A todos nosotros, creyentes, se nos pide introducirnos en esta doble mirada, la de Dios hacia los pobres y la de los pobres hacia Dios. Es el camino de la salvación, como también el camino para transmitir en el mundo el amor que cambia. El creyente está enviado para escuchar el grito de los pobres, así como escucha al Señor y su palabra. Por lo demás es el Señor, mucho antes que nosotros, quien escucha su grito y se inclina con misericordia para ayudarles. ¡Dichosos nosotros si imitamos al Señor! Y seremos también dichosos si miramos al Señor con la mirada de confianza y de abandono con que los pobres lo miran. En estos son nuestros maestros.