Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 32 (33), 2-3.11-12.20-21

2 ¡Dad gracias al Señor con la cítara,
  tocad con el arpa de diez cuerdas;

3 cantadle un cántico nuevo,
  acompañad la música con aclamaciones!

11 pero el plan del Señor subsiste para siempre,
  sus decisiones de generación en generación.

12 ¡Feliz la nación cuyo Dios es el Señor,
  el pueblo que escogió para sí como heredad!

20 Esperamos anhelantes al Señor,
  él es nuestra ayuda y nuestro escudo;

21 en él nos alegramos de corazón
  y en su santo nombre confiamos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo, que se define como “de alabanza y acción de gracias”, se compone de 22 versículos, como las letras del alfabeto judío, como queriendo indicar que hay que alabar al Señor siempre, desde el inicio hasta el final, desde la A a la Z. La liturgia nos presenta algunos de sus versículos. Pero desde el inicio el salmista invita a cantar un cántico nuevo al Señor: “tocad con el arpa de diez cuerdas; cantadle un cántico nuevo” (v.3). Y, ¿por qué este cántico “nuevo”? Porque: “El Señor observa de lo alto del cielo, ve a todos los seres humanos; desde el lugar de su trono mira a todos los habitantes de la tierra” (vv.13-14). Es como un anuncio que el salmista quiere dar: Dios mira a todos los hombres, los observa, pero no como un juez implacable, dispuesto a juzgar y a condenar. El Señor es como un padre que mira a sus hijos para protegerlos, para salvarlos del mal y de la opresión. La mirada de Dios -que el salmista evoca- no es una amenaza, sino una mirada de amor. Claro, el Señor ve el pecado y la debilidad del hombre, pero “para librar su vida de la muerte y mantenerlos en tiempo de penuria” (v.19). Dios nos mira desde el cielo para salvarnos, no para condenarnos. Es el misterio de la navidad que nos apresuramos a celebrar. Y sentimos la profundidad de las palabras del Evangelio de Juan: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito” (Jn 3,16). Esta noticia es Evangelio: lleva la alegría al corazón del hombre y le hace cantar precisamente “un cántico nuevo”. Sí, el creyente puede cantar porque la Palabra del Señor es recta y fiel, y no abandona jamás; y es una Palabra eficaz porque crea cuando se pronuncia; y es también una Palabra fuerte porque mantiene firme el mundo: “Él recoge, como un dique, las aguas del mar, mete en depósitos los océanos” (v.7). La Palabra del Señor es poderosa y anula los diseños arrogantes de las naciones. Sobre ella se funda la fe de los creyentes de ayer y de hoy. Esta fe hace del creyente un hombre lleno de esperanza y un hombre fuerte en la oposición al mal y capaz de transformar el mundo por la vía de la justicia y del amor.