Oración del tiempo de Navidad

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Las Iglesias ortodoxas que siguen el calendario juliano festejan la Navidad del Señor.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra
a los hombres de buena voluntad.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 149,1-6

1 ¡Aleluya!

2 ¡Cantad a Yahveh un cantar nuevo:
su alabanza en la asamblea de sus amigos!
3 ¡Regocíjese Israel en su hacedor,
los hijos de Sión exulten en su rey;
4 alaben su nombre con la danza,
con tamboril y cítara salmodien para él!
5 Porque Yahveh en su pueblo se complace,
adorna de salvación a los humildes.
6 Exalten de gloria sus amigos,
desde su lecho griten de alegría:

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.
Aleluya, aleluya, aleluya.

Aleluya, aleluya, aleluya.

“Cantad al Señor un cántico nuevo” (v. 1), así comienza el salmo 149, el penúltimo del Salterio. El salmista invita a la alegría a los “fieles”, a los píos (hasidim) israelitas. Con este nombre eran llamados los combatientes de la revolución macabea contra el poder represivo de Antíoco IV. El salmo aparece por tanto como un himno escrito para los que combatían para defender la libertad de Israel. Estos eran creyentes y a la vez combatientes. Por esto el salmista canta: “con elogios a Dios en su garganta, y en su mano espada de dos filos” (v.6). A ellos les corresponde “tomar venganza de las naciones e infligir el castigo a los pueblos, para atar con cadenas a sus reyes, con grillos de hierro a sus magnates” (vv. 7-8). Estos caballeros de Dios son implacables golpeando el enemigo, convencidos como están del apoyo de Dios, del que ellos ejecutan “la sentencia escrita” (v. 9). Cierto, no es posible partir de aquí para hablar de una especie de justificación de la guerra justa. Por lo demás, no faltan motivos para defender la libertad del pueblo de Dios contra el dominio de los poderosos. Sin embargo, siempre es una guerra. Y el cristiano no puede olvidar que el camino escogido por Jesús es siempre el del amor. La violencia nunca tiene el nombre de Dios. Este salmo, en los versículos ligados a la “espada de dos filos” debe ser interpretado en sentido espiritual, es decir, como la lucha del creyente contra las implacables fuerzas del mal que muestran una extraordinaria capacidad de dominio. El fiel sabe que tiene junto a sí al verdadero soberano de la historia (v. 9) que domina sobre todos y sobre todo. Y es singular que el salmista use también el término “anawin”, es decir, “pobres”, elegidos por el Señor para la victoria: “el Señor se complace en su pueblo, adorna de salvación a los desvalidos” (v. 4). Los pobres de los que habla el salmista no son sólo los oprimidos, los míseros, los perseguidos por la justicia, sino también los creyentes, es decir, los que ponen toda su confianza en el Señor. Creyentes y pobres están estrechamente unidos los unos a los otros: ambos dependen completamente del Señor, es más, forma un único pueblo. El profeta Sofonías exhortaba a los “anawin”: “Buscad al Señor, vosotros, humildes de la tierra, que cumplís sus mandatos; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la ira del Señor” (2, 3). Ellos, que parecen los derrotados de la historia, son en realidad los vencedores. Y aparecerá con claridad en el Evangelio, cuando Jesús mismo, “manso y humilde de corazón”, se identificará con ellos y con su muerte y resurrección derrotará definitivamente el mal y la muerte.