Oración por la Paz

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En la Basílica de Santa María en Trastevere se reza por la paz.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 109 (110), 1-4

1 Oráculo del Señor a mi Señor:
  «Siéntate a mi diestra,
  hasta que haga de tus enemigos
  estrado de tus pies».

2 El cetro de tu poder
  extenderá el Señor desde Sión:
  ¡domina entre tus enemigos!

3 Ya te pertenecía el principado
  el día de tu nacimiento;
  un esplendor sagrado
  llevas desde el seno materno,
  desde la aurora de tu juventud.

4 Lo ha jurado el Señor
  y no va a retractarse:
  «Tú eres por siempre sacerdote,
  según el orden de Melquisedec».

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo 109 que la liturgia nos hace cantar hoy es el más citado del Nuevo Testamento. Jesús mismo se lo aplicó cuando respondió al sumo sacerdote que lo interrogaba sobre su identidad: “veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo sobre las nubes del cielo” (Mt 26, 64). Jesús explicitaba de esta forma el sentido mesiánico del salmo. Y la fe nos hace cantar en este espíritu la oración del salmista. El rey es elevado a la más alta dignidad posible: “Siéntate a mi diestra” (v. 1) le dice el Señor Dios. A través de esta realeza se manifiesta la realeza misma de Dios. De este modo la historia de Israel, con sus profetas y sus reyes, conduce hacia el futuro mesiánico que culmina en Jesús, que muere y resurge y que se sienta a la “diestra de Dios”, como decimos en el Credo. Este salmo es una meditación sobre la primacía absoluta de Dios y de su realeza sobre el mundo. Es un punto firme tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. El verdadero rey es sólo el Señor y lo es para siempre. Es, por tanto, un salmo que contesta radicalmente todo engaño, toda pretensión de conducir la historia. Sólo el Señor conduce la historia y vence a los enemigos suyos y de su pueblo poniéndoles como estrado de sus pies (v. 1). Todo lo bueno y justo es del Señor. El apóstol Pablo lo recuerda a los Corintios: “él debe reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte. Porque ha sometido todas las cosas bajo sus pies” (1 Co 15, 25-26). Jesús resucitado continúa su obra de salvación. La Iglesia latina nos hace cerrar el año litúrgico con la fiesta de Cristo rey del universo. Es la tarea sacerdotal que el Padre ha dado al Hijo que ha resucitado de los muertos. Era el diseño de Dios desde el inicio de la historia de la salvación con Abraham, como sugiere el salmista: “Lo ha jurado el Señor y no va a retractarse: «Tú eres por siempre sacerdote, según el orden de Melquisedec»” (v. 4). La Iglesia, cuerpo de Cristo, recibe de su Señor la tarea de ser profeta, rey y sacerdote. La tarea sacerdotal -confiada también a la comunidad de creyentes- es la de bendecir en el nombre del Señor el mundo entero, es decir, liberarlo de toda esclavitud (los enemigos se convertirán en “estrado de tus pies”) derrotando definitivamente el mal (“amontona cadáveres, quebranta cabezas a lo ancho de la tierra”). Es el poder de amar y de curar que el Señor concede a sus discípulos para que, teniendo el resucitado a su diestra, apresuren la llegada del Reino sobre la tierra.