Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de san Antonio abad (+356). Siguió al Señor en el desierto egipcio y fue padre de muchos monjes. Jornada de reflexión sobre las relaciones entre judaísmo y cristianismo


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 110 (111), 1-2.4-5.9-10

1 Doy gracias al Señor de todo corazón,
  en la reunión de los justos y en la comunidad.

2 Grandes son las obras del Señor,
  meditadas por todos que las aman.

4 De sus proezas dejó un memorial.
  ¡Clemente y compasivo Señor!

5 Dio de comer a quienes lo honran,
  se acuerda por siempre de su alianza.

9 Envió la redención a su pueblo,
  determinó para siempre su alianza;
  santo y temible es su nombre.

10 Principio del saber es temer al Señor;
  son cuerdos los que lo practican.
  Su alabanza permanece para siempre.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmo expresa la oración de un creyente. Pero no es un creyente aislado. Él reza en medio de la asamblea. Y da gracias al Señor por las obras que ha realizado en favor de su pueblo para su salvación. Son las obras concretas que Dios ha realizado para salvar a Israel de la esclavitud hasta conducirlo a una tierra donde habitar. El creyente contempla estas obras de Dios, las medita, las gusta y descubre en ellas la fuerza del amor sin límites de Dios. Mirándolas dice que son grandes, bellas, espléndidas, poderosas, verdaderas y justas. Y no podía ser de otra manera porque Dios las ha realizado con compasión y ternura, con justicia y verdad. ¡Cuántas veces, sin embargo, nuestras obras, sobre todo las que se refieren al servicio al Evangelio, a los pobres y a los hermanos, están descuidadas porque se realizan sin amor! Contemplemos las obras de Dios para imitar y celebrar su pasión y su amor. El creyente lo hace públicamente, ante los justos, ante los que buscan y meditan (drs) las obras de Dios y encuentran en ello placer (v. 2). Su corazón es arrollado por el estupor por cuanto Dios ha realizado y canta: “Doy gracias al Señor de todo corazón” (v. 1). Sí, no se pueden cantar las obras del Señor sin un estupor profundo, sin que nos toquen en el corazón. Por lo demás, Dios mismo ama al hombre con todo su corazón. El salmista hace referencia a la obra de Pascua, al memorial por excelencia: “De sus proezas dejó un memorial” (v. 4). Esta celebración era rica en gestos evocativos: se recordaba la partida de Egipto pero sobre todo se celebraba la libertad conseguida y la certeza de la libertad definitiva. Después llegó la otra gran obra del don de la ley: “son leales todos sus mandatos, válidos para siempre jamás” (vv. 7-8). Israel ha considerado siempre la ley como un don decisivo para su propia existencia. Sabía bien que no se trataba de prohibiciones impuestas sino de preciosas y sabias indicaciones para no volver a ser esclavos del pecado y permanecer fieles a la alianza. La observancia de la ley, en efecto, no era otra cosa que la respuesta a la alianza: como Dios mismo se había implicado con todo su poder en la historia de Israel, de la misma manera Israel debería corresponder con el Señor. El salmista recuerda que “Principio del saber es temer al Señor” (v.10). Y el temor no es miedo sino respeto, obediencia, confianza y abandono. Temer a Dios significa confiar en él sin reservas y con serenidad. Esto, nos recuerda el salmista, es el corazón de toda sabiduría.