Memoria de los pobres

Compartir En


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 49 (50), 1-8.16-17.20-21

1 Habla el Señor, Dios de los dioses:
  convoca a la tierra de oriente a occidente.

8 No te acuso por tus sacrificios,
  ¡están siempre ante mí tus holocaustos!

16 Pero al malvado Dios le dice:
  «¿A qué viene recitar mis preceptos
  y ponerte a hablar de mi alianza,

17 tú que detestas la doctrina
  y a tus espaldas echas mis palabras?

20 Te sientas a hablar contra tu hermano,
  deshonras al hijo de tu madre.

21 Haces esto, ¿y he de callarme?
  ¿Piensas que soy como tú?
  Yo te acuso y te lo echo en cara.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmista imagina a Dios interviniendo en una asamblea, tal vez en el templo, porque tiene algo que decir y que ya no puede callar. Ve comportamientos que no puede soportar más. Escribe el salmista: “Habla el Señor, Dios de los dioses: convoca a la tierra de oriente a occidente” (v. 1). Y más adelante: “Escucha, pueblo mío, voy a hablar, Israel, testifico contra ti, yo, Dios, tu Dios” (v. 7). Dos son los comportamientos de su pueblo que Dios no soporta, tanto lo ofenden. El primero es el culto que no nace del corazón: “No tomaré novillos de tu casa, ni machos cabríos de tus apriscos, pues son mías las fieras salvajes, las bestias en los montes a millares… Si hambre tuviera, no te lo diría, porque mío es el orbe y cuanto encierra” (vv. 9-12). El Señor, que ama a su pueblo de forma gratuita, no soporta que se trate de “comprarlo” con los ritos y las ofrendas. El Señor quiere el amor de sus hijos, y por ello repite: “Yo, Dios, tu Dios” (v. 7). Ante Él sólo podemos recibir, no necesita nada de nuestra parte. Debemos acoger, no dar; depender, no pagar; obedecer, no exigir. Por tanto el verdadero culto es dar gracias al Señor (v. 14), invocarlo en la angustia y honrarlo todos los días de nuestra vida, como sugerirá también el apóstol Pablo en la carta a los Romanos (12, 1-2). El otro comportamiento que Dios no soporta es el de profesar la fe con las palabras y después desmentirla con la vida. Sobre esta segunda contradicción el salmista es severo. Afirma que la distancia entre las palabras y las obras no es simplemente una cuestión de poca fe, sino de verdadera impiedad: “¿A qué viene recitar mis preceptos y ponerte a hablar de mi alianza, tú que detestas la doctrina y a tus espaldas echas mis palabras?” (vv. 16-17). Se pueden observar normas y ritos con un corazón que en lo más profundo los traiciona; es la tentación de fingir ante Dios, y no la humildad de depender de Él y de su amor. De ese modo se puede alabar al Señor, conocer sus mandamientos, y después desmentirlos con la vida (vv. 16-21). En esta actitud no hay sólo una carencia de buena voluntad, sino una verdadera tergiversación de Dios, considerado como un amo al que se complace con alabanzas dirigidas a Él pero que permanece indiferente a las relaciones humanas. El señorío de Dios, por el contrario, se reconoce en las obras concretas que brotan de un corazón que cree. La enseñanza evangélica retomará con claridad este tema y hará de él un signo distintivo de los discípulos de Jesús. Es algo que hunde sus raíces en el corazón mismo de Dios. De hecho el Señor muestra su distancia respecto a este modo de actuar: “¿Piensas que soy como tú?” (v. 21).