Memoria de la Iglesia

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Memoria de san Policarpo, discípulo del apóstol Juan, obispo y mártir (+ 155).


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 1,1-5

1 Feliz quien no sigue consejos de malvados
  ni anda mezclado con pecadores
  ni en grupos de necios toma asiento,

2 sino que se recrea en la ley del Señor,
  susurrando su ley día y noche.

3 Será como árbol plantado entre acequias,
  da su fruto en sazón, su fronda no se agosta.
  Todo cuanto emprende prospera:

4 pero no será así con los malvados.
  Serán como tamo impulsado por el viento.

5 No se sostendrán los malvados en el juicio,
  ni los pecadores en la reunión de los justos.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El salmista abre el libro de los Salmos con la bendición del creyente que escucha la palabra del Señor. La escucha es la que lo distingue del necio. No es la inteligencia, la cultura, y ni siquiera las cualidades humanas que se poseen, lo que hace a un hombre discípulo, sino la escucha. El necio se retrae de la escucha de la palabra del Señor, y siguiéndose sólo a sí mismo, piensa que vive con plenitud y libertad. Se encuentra así con una vida que es como tamo que el viento dispersa (“tamo” en hebreo significa una cosa sin peso, sin raíces, que revolotea aquí y allá y se dispersa). Por ello –señala el salmista- el necio “irá a la ruina”. En cambio el justo, que no sigue el consejo de los impíos ni se sienta en sus asambleas, encuentra su felicidad en la escucha del Señor. Ama y medita día y noche la ley del Señor (el término “meditar” en hebreo significa recitar susurrando hasta aprender de memoria el texto sacro). El salmista quiere sugerir que Dios susurra su Palabra para que llegue al corazón del creyente y permanezca en él, ya que es la manera de que dé fruto. El salmista compara al justo con un árbol firmemente plantado junto a acequias: en verdad da frutos en toda estación y forma, y sus hojas permanecen siempre verdes. De un corazón que escucha la Palabra de Dios emana sabiduría, prudencia y obras santas. De hecho la Palabra de Dios no sólo da la alegría a quien la escucha, sino que es la fuerza que empuja a cumplir las obras del amor. En cambio, quien se aleja de la ley del Señor lleva una vida triste, vacía y sin frutos. El salmista invita desde el primer salmo a redescubrir el primado de la escucha porque en él está el fundamento de su propia vida. Es lo que hará Jesús al comienzo de su predicación cuando llama “dichosos” a los que escuchan su palabra y la ponen en práctica, porque construyen su vida sobre una roca firme.