Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 24 (25), 2-9

2 Alef. A ti, Yahveh, levanto mi alma,
3 oh Dios mío.
Bet. En ti confío, ¡no sea confundido,
no triunfen de mí mis enemigos!
4 Guimel. No hay confusión para el que espera en ti,
confusión sólo para el que traiciona sin motivo.
5 Dálet. Muéstrame tus caminos, Yahveh,
enséñame tus sendas.
6 He. Guíame en tu verdad, enséñame,
que tú eres el Dios de mi salvación.
(Vau) En ti estoy esperando todo el día,
7 Zain. Acuérdate, Yahveh, de tu ternura,
y de tu amor, que son de siempre.
8 Jet. De los pecados de mi juventud no te acuerdes,
pero según tu amor, acuérdate de mí.
por tu bondad, Yahveh.
9 Tet. Bueno y recto es Yahveh;
por eso muestra a los pecadores el camino;

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia hace que oremos con el Salmo 24, del que reproduce algunos versículos. Es una oración al Señor en un momento especialmente difícil para el creyente porque se pone a prueba su fe. El salmista probablemente habla del tiempo de después del exilio, cuando los más fieles vuelven a su tierra y no son acogidos por los que se habían quedado. La decepción es muy grande. Y la pregunta de si había valido la pena haberse mantenido fieles a la ley del Señor era realmente angustiosa. ¿Pero el Señor mantiene sus promesas? En ese contexto el creyente confirma su fe en el Señor: «A ti, Señor, dirijo mi anhelo, a ti, Dios mío. En ti confío, ¡no quede defraudado, ni triunfen de mí mis enemigos!» (vv. 1-2). Son palabras que brotan de un creyente que quiere confiar en Dios a pesar de todas las dificultades que se le presentan. Él profesa su confianza en la justicia de Dios: «El que espera en ti no queda defraudado, queda defraudado el que traiciona sin motivo» (v. 3). El creyente sabe que el Señor guía por la senda justa a quien observa la ley. Por eso dirige su oración al Señor: «Muéstrame tus caminos, Señor, enséñame tus sendas. Guíame fielmente, enséñame, pues tú eres el Dios que me salva» (vv. 4-5). Y le puede pedir al Señor que le perdone las culpas, aunque sean grandes: «Perdona mi culpa, que es grande; me siento solo y desdichado; la angustia crece en mi corazón, hazme salir de mis tormentos; mira cuántos son mis enemigos, la violencia del odio que me tienen; libra a Israel de todas sus angustias». Mientras confiesa su angustia, el salmista también manifiesta la insatisfacción que anida en su corazón no solo cuando está rodeado de enemigos sino también cuando se aleja de Dios. Efectivamente, solo Dios puede satisfacernos. La oración nos pone ante el Señor y hace que salgamos de la angustia y de la tristeza. Las palabras del salmo nos invitan a levantar la mirada al Señor: «Acuérdate, Señor, de tu ternura y de tu amor, que son eternos» (v. 6). La fe del creyente no reposa en él mismo o en su coherencia. Todos somos débiles e incoherentes. La firmeza viene de la fidelidad del Señor que no nos abandona. Su misericordia es la fuente de nuestra salvación. Y, como si quisiera vencer nuestro olvido, que sufrimos porque estamos centrados en nosotros mismos, el salmista nos hace repetir: «Acuérdate de mí según tu amor» (v. 7). San Agustín comenta: «Acuérdate de tu misericordia, Señor, porque los hombres creen que la has olvidado... Recuerda que tus misericordias son eternas. Nunca has estado sin ellas... y nunca has privado a tu criatura de tantos y tan grandes consuelos». Y el salmista también canta la bondad del Señor que salva a los pecadores y guía a los pobres: «Bueno y recto es el Señor: muestra a los pecadores el camino, conduce rectamente a los humildes y a los pobres enseña su sendero» (v. 8-9).