Memoria de los pobres

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Salmo 33 (34), 2-9

2 Bendeciré en todo tiempo al Señor,
  sin cesar en mi boca su alabanza;

3 en el Señor se gloría mi ser,
  ¡que lo oigan los humildes y se alegren!

4 Ensalzad conmigo al Señor,
  exaltemos juntos su nombre.

5 Consulté al Señor y me respondió:
  me libró de todos mis temores.

6 Los que lo miran quedarán radiantes,
  no habrá sonrojo en sus semblantes.

7 Si grita el pobre, el Señor lo escucha,
  y lo salva de todas sus angustias.

8 El ángel del Señor pone su tienda
  en torno a sus adeptos y los libra.

9 Gustad y ved lo bueno que es el Señor,
  dichoso el hombre que se acoge a él.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Aleluya, aleluya, aleluya.

La liturgia de hoy nos hace cantar los primeros versículos del Salmo 33. El salmista empieza alabando él mismo al Señor y luego invita a los fieles –los anawin, aquellos «pobres» que confían en Dios y en su misericordia–, que quizás están participando en el culto del templo, a que alaben ellos también al Señor. El salmista habla de su experiencia personal, de la ayuda que ha recibido del Señor, y exclama: «Bendeciré en todo tiempo al Señor, sin cesar en mi boca su alabanza; en el Señor se gloría mi ser, ¡que lo oigan los humildes y se alegren!» (vv. 2-3). Son palabras que nos recuerdan la fuerza de la oración común que se eleva hacia el cielo. Vienen a la memoria las palabras de Jesús a los discípulos: «Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos» (Mt 18,19). Es bueno destacar la fuerza extraordinaria que tiene la comunidad de creyentes cuando se reúne para orar de manera insistente y perseverante. El Señor se ve como obligado a escuchar a sus hijos que lo invocan. Por eso el salmista afirma: «Ensalzad conmigo al Señor, exaltemos juntos su nombre» (v. 4). En las palabras del salmista se ve que busca al Señor en un momento difícil de su vida, cuando vivía rodeado por el miedo. Es algo que todo creyente, e incluso todo ser humano, ha experimentado. Y también es frecuente entre los creyentes que, ante momentos de adversidad, domine la resignación cuando no la desesperación. Es triste ver que crecen sentimientos de miedo en esos momentos difíciles. Pero el Señor no abandona a sus hijos al miedo. El salmista canta: «Consulté al Señor y me respondió: me libró de todos mis temores» (v. 5). Son palabras que debemos guardar en nuestro corazón. Sabemos que el miedo nos lleva a cerrarnos y a la violencia. La exhortación del salmista es una indicación que debemos seguir de inmediato: «Los que lo miran quedarán radiantes, no habrá sonrojo en sus semblantes» (v. 6). Sí, tenemos que dejar de mirarnos a nosotros mismos y levantar la mirada hacia el Señor. Así empezaremos a superar el miedo, pues el Señor es como un Padre que se conmueve cuando lo invocamos. No es un Dios lejano y frío. Al contrario, es misericordioso y grande en amor. No tenemos que sonrojarnos ante él, como muchas veces pasa entre los hombres. El Señor sabe de qué pasta estamos hechos. Y el salmista tiene razón cuando nos hace decir: « Si grita el pobre, el Señor lo escucha, y lo salva de todas sus angustias» (v. 7). El Salmo 31 canta: «Me alegraré y celebraré tu amor, pues te has fijado en mi aflicción, conoces las angustias que me ahogan; no me entregas en manos del enemigo, has puesto mis pies en campo abierto... Pero oías la voz de mi plegaria cuando te gritaba auxilio» (Sal 31/32,8-9.23). En esta misericordia sin límites de Dios podemos basar nuestra vida y nuestra esperanza. Con el salmista nos decimos unos a otros: «Gustad y ved lo bueno que es el Señor». Seremos dichosos si nos refugiamos en él.