Memoria de los santos y de los profetas

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes son una estirpe elegida,
un sacerdocio real, nación santa,
pueblo adquirido por Dios
para proclamar sus maravillas.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 10,24-33

Al siguiente día entró en Cesarea. Cornelio los estaba esperando. Había reunido a sus parientes y a los amigos íntimos. Cuando Pedro entraba salió Cornelio a su encuentro y cayó postrado a sus pies. Pedro le levantó diciéndole: «Levántate, que también yo soy un hombre.» Y conversando con él entró y encontró a muchos reunidos. Y les dijo: «Vosotros sabéis que no le está permitido a un judío juntarse con un extranjero ni entrar en su casa; pero a mí me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ningún hombre. Por eso al ser llamado he venido sin dudar. Os pregunto, pues, por qué motivo me habéis enviado a llamar.» Cornelio contestó: «Hace cuatro días, a esta misma hora, estaba yo haciendo la oración de nona en mi casa, y de pronto se presentó delante de mí un varón con vestidos resplandecientes, y me dijo: "Cornelio, tu oración ha sido oída y se han recordado tus limosnas ante Dios; envía, pues, a Joppe y haz llamar a Simón, llamado Pedro, que se hospeda en casa de Simón el curtidor, junto al mar." Al instante mandé enviados donde ti, y tú has hecho bien en venir. Ahora, pues, todos nosotros, en la presencia de Dios, estamos dispuestos para escuchar todo lo que te ha sido ordenado por el Señor.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

Ustedes serán santos
porque yo soy santo, dice el Señor.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Es una escena extraordinaria y emblemática para la Iglesia de todos los tiempos. Al llegar a Cesarea Pedro se encuentra con el centurión romano. En realidad, tiene ante él a todo el mundo pagano, incluidos nosotros. Podríamos decir que empezaba a hacerse realidad la oración de Jesús en el cenáculo, cuando pidió al Padre que protegiera a los suyos y a todos aquellos que creerían a través de su palabra. Había llegado el momento. Pedro es enviado para comunicar al mundo la Palabra del Evangelio. En el ansia de salvación de Cornelio vemos la de todos los pueblos de la tierra. Pedro, guiado por el Espíritu, respaldado no por sus tradiciones ni por sus costumbres, supera la barrera que dividía a los hombres entre puros e impuros según su pertenencia a un pueblo, a una cultura o a una raza. Y cuando el centurión se arrodilla ante él, el apóstol lo detiene, pues sabe que también él es un pobre hombre salvado por el Señor. Desde que comprendió su fragilidad, siguió con paso más firme al Señor. Y también ahora está aprendiendo a dejarse guiar por el Espíritu allí donde él no habría querido o no habría pensado ir. Al llegar a la casa, Cornelio le presenta a todas las personas que ha congregado y le dice: «Ahora estamos todos aquí, reunidos en la presencia de Dios, dispuestos a escuchar todo lo que el Señor te haya ordenado». Cornelio, como aquel centurión de Cafarnaún del que Jesús dice: «Ni en Israel he encontrado una fe tan grande», es el ejemplo del verdadero discípulo, de aquel que confía en la predicación del Evangelio.