Memoria de la Madre del Señor

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 15,1-5

Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros.» Se produjo con esto una agitación y una discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos; y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión. Ellos, pues, enviados por la Iglesia, atravesaron Fenicia y Samaria, contando la conversión de los gentiles y produciendo gran alegría en todos los hermanos. Llegados a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia y por los apóstoles y presbíteros, y contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos. Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El capítulo 15 describe uno de los momentos culminantes de todo el libro de los Hechos de los Apóstoles: la solución de la gravísima cuestión que inquietaba a la comunidad cristiana respecto a la relación entre judaísmo y cristianismo. Ya hacía tiempo que la cuestión era un peso para las primeras comunidades. Pero ahora se añadía al punto decisivo que iba a marcar el punto de inflexión del cristianismo hacia los confines del mundo. La cuestión era la siguiente: ¿los gentiles que se convierten al Evangelio deben someterse a la ley judía o no? Pablo y Bernabé, que habían creado comunidades formadas sobre todo por gentiles, no exigían la circuncisión a quien se sumaba a la fe cristiana. Y eso ponía claramente en discusión la relación entre las comunidades que nacían de la predicación a los gentiles y las que provenían del judaísmo. Fue un episodio especialmente difícil para la comunidad cristiana que nacía. Y había el peligro de provocar una dolorosa división en el seno del cristianismo naciente. Por eso se hizo necesario celebrar una asamblea en Jerusalén con todos los responsables. Fue el primer Concilio de la historia de la Iglesia. Más que en el plano jurídico, es el ejemplo de un modo de vivir la fe: una asamblea fraterna que se reúne para reflexionar y debatir sobre los temas comunes. En ese sentido es un ejemplo para la vida de las comunidades cristianas de todos los tiempos. La comunión en el amor y el diálogo fraterno derrotan los protagonismos de los individuos que, abandonados a su suerte, separan y dividen. De ese modo, en cambio, las dificultades que inevitablemente se presentan a lo largo del camino se disipan y se edifica en la unidad el cuerpo único de Cristo.