Memoria de la Madre del Señor

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Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Hechos de los Apóstoles 28,11-16

Transcurridos tres meses nos hicimos a la mar en una nave alejandrina que había invernado en la isla y llevaba por enseña los Dióscuros. Arribamos a Siracusa y permanecimos allí tres días. Desde allí, costeando, llegamos a Regio. Al día siguiente se levantó el viento del sur, y al cabo de dos días llegamos a Pozzuoli. Encontramos allí hermanos y tuvimos el consuelo de permanecer con ellos siete días. Y así llegamos a Roma. Los hermanos, informados de nuestra llegada, salieron a nuestro encuentro hasta el Foro Apio y Tres Tabernas. Pablo, al verlos, dio gracias a Dios y cobró ánimos. Cuando entramos en Roma se le permitió a Pablo permanecer en casa particular con un soldado que le custodiara.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Al cabo de tres meses el grupo reanudó la ruta y llegó a Siracusa. Estuvo allí durante tres días y Pablo se encontró con la pequeña comunidad cristiana de aquella ciudad que existía desde hacía ya un tiempo. Siguieron hasta Regio y luego hasta Pozzuoli, donde el apóstol se encontró con otra pequeña comunidad. Desde allí se encaminaron hacia Roma, tal vez tomando la vía Apia. Aquí la narración asume tonos conmovedores: un grupo de cristianos de Roma, al conocer la llegada de Pablo, sale a su encuentro al Foro Apio (a unos 70 km de Roma) y otros hacen lo mismo en las Tres Tabernas, a 50 km de distancia. Pablo tal vez recordó en aquellos momentos las palabras que Jesús le había dicho en Jerusalén: «¡Ánimo!, pues del mismo modo que has hablado de mí en Jerusalén, deberás hacerlo en Roma» (23,11). Podemos imaginar la escena de la entrada en Roma, la capital del Imperio; Pablo, que entra como prisionero, a pesar de estar encadenado, según los Hechos, al ver a tantos hermanos se sintió consolado y dio gracias a Dios. Había soñado la llegada a la capital del Imperio, y había rezado para que se hiciera realidad, tal como escribe en la Epístola que dirige a los cristianos de Roma: «Pido a Dios que me dé la ocasión de venir a visitaros porque vuestra fe es alabada en todo el mundo». Desde Jerusalén, la ciudad de la resurrección, pasando por Atenas, la capital de la cultura, Pablo llega a Roma, corazón del Imperio, centro del mundo político de entonces. Los Hechos de los Apóstoles, estructurados entre estas dos ciudades, describen de algún modo el itinerario del Evangelio desde Jerusalén hasta Roma y, de allí, hasta el mundo entero.