Memoria de la Madre del Señor

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Oración por la unidad de los cristianos. Recuerdo especial de las comunidades cristianas en África.


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 3,31-35

Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen: «¡Oye!, tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan.» El les responde: «¿Quién es mi madre y mis hermanos?» Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumpla la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

El evangelista Marcos sigue mostrándonos a Jesús que reside en una casa y está siempre rodeado de una gran multitud. Mientras está hablando llegan sus parientes con María. El evangelista no dice el motivo de su visita, pero no es difícil imaginar que quizá estaban preocupados por las exageraciones que Jesús mostraba o también porque habían sabido que los fariseos lo estaban vigilando, hasta el punto de mandar a algunos desde Jerusalén. Querían verle y hablar con él. Cansados quizá por el viaje -venían de Nazaret- no esperaron a que Jesús terminara de hablar y mandaron a alguien a anunciarle su llegada. La aglomeración era mucha y ellos se quedaron "fuera". Este detalle no es simplemente espacial. Aquellos familiares estaban "fuera", es decir, no estaban entre los que escuchaban la predicación de Jesús. Ya podemos deducir de esta notación que no son los lazos de sangre ni tampoco los vínculos de una costumbre ritual los que llevan a ser verdaderos familiares de Jesús. Sólo los que están dentro de la casa, los que escuchan la Palabra de Dios, forman parte de la nueva familia que Jesús ha venido a formar. A quien le dice que fuera de la casa estaban su madre y sus otros hermanos, Jesús indica quién forma parte de su nueva familia, de la Iglesia: los miembros son los que escuchan el Evangelio. De esta escucha es de donde nace la comunidad cristiana, y, por tanto, es sobre la Palabra de Dios sobre la que esta se edifica. El Evangelio es la roca que sostiene toda comunidad y la Iglesia entera. Y tal comunidad -hay que notarlo con atención- no es una asociación cualquiera. Tiene los rasgos de "familia". La Iglesia debe vivir como una familia, es decir, con esos lazos que por eso se llaman "familiares". Los miembros deben vivir las relaciones de fraternidad propias de la familia, empezando por el Padre que está en los cielos, a quien Jesús invita a llamar "abbá", y luego con Jesús mismo y con los demás hermanos y hermanas. Hay que evitar la tentación de creernos familiares porque observamos algunos ritos o quizá por practicar alguna que otra obra buena. La relación con Jesús tiene los rasgos de las relaciones de familiaridad, por tanto está llena de amor gratuito, de fraternidad, de esperanza común. Ser discípulos requiere la escucha atenta y disponible de las palabras de Jesús y la implicación de nuestra vida con él. Para formar parte del grupo de los cristianos, para ser discípulos, no basta con sentir la relación con Jesús como aquellos "parientes" la sentían. Cada día debemos entrar "dentro" de la comunidad y escuchar el Evangelio como se nos predica. ¡No se es discípulo de una vez por todas! Cada día necesitamos estar junto a Jesús y escuchar su palabra. Si vivimos así, Jesús dirigirá sus ojos llenos de amor también sobre nosotros y le escucharemos decir: "Estos son mi madre y mis hermanos". Es la bienaventuranza de ser sus discípulos, no por nuestros méritos especiales sino sólo porque escuchamos su Palabra y tratamos de ponerla en práctica.