Memoria de la Madre del Señor

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Recuerdo de la muerte de Gandhi, asesinado en 1948 en Nueva Delhi. Con él recordamos a todos los que, en nombre de la no violencia, trabajan por la paz


Lectura de la Palabra de Dios

Aleluya, aleluya, aleluya.

El Espíritu del Señor está sobre ti,
el que nacerá de ti será santo.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Marcos 5,21-43

Jesús pasó de nuevo en la barca a la otra orilla y se aglomeró junto a él mucha gente; él estaba a la orilla del mar. Llega uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verle, cae a sus pies, y le suplica con insistencia diciendo: «Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva.» Y se fue con él. Le seguía un gran gentío que le oprimía. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. Pues decía: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré.» Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. Al instante, Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: «¿Quién me ha tocado los vestidos?» Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"» Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. El le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.» Mientras estaba hablando llegan de la casa del jefe de la sinagoga unos diciendo: «Tu hija ha muerto; ¿a qué molestar ya al Maestro?» Jesús que oyó lo que habían dicho, dice al jefe de la sinagoga: «No temas; solamente ten fe.» Y no permitió que nadie le acompañara, a no ser Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a la casa del jefe de la sinagoga y observa el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos. Entra y les dice: «¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto; está dormida.» Y se burlaban de él. Pero él después de echar fuera a todos, toma consigo al padre de la niña, a la madre y a los suyos, y entra donde estaba la niña. Y tomando la mano de la niña, le dice: « Talitá kum », que quiere decir: «Muchacha, a ti te digo, levántate.» La muchacha se levantó al instante y se puso a andar, pues tenía doce años. Quedaron fuera de sí, llenos de estupor. Y les insistió mucho en que nadie lo supiera; y les dijo que le dieran a ella de comer.

 

Aleluya, aleluya, aleluya.

He aquí Señor, a tus siervos:
hágase en nosotros según tu Palabra.

Aleluya, aleluya, aleluya.

Jairo, uno de los jefes religiosos de Cafarnaún, se acerca a Jesús para pedirle la curación de la hija. Probablemente conoce y estima a Jesús por haberle visto y escuchado en la sinagoga. Piensa que es el único que puede salvar a su hija. Por esto acude a él y le dirige una oración simple y sincera, como simples y sinceros son los gritos de tantos desesperados de este mundo que sin embargo encuentran a pocos dispuestos a escucharles. El Señor escucha la oración de Jairo, e inmediatamente se pone en marcha con él hacia su casa. Podemos comprender la verdad de sus palabras: "Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá" (Mt 7, 7). Se aparta con los padres de la niña, la toma de la mano, como en el icono de la resurrección cuando toma de la mano a Adán y Eva sacándoles del sepulcro, y la devuelve a la vida. Marcos, durante el camino de Jesús hacia la casa de Jairo, sitúa el bello episodio de la curación de la hemorroisa. También aquí hay una oración simple, es más, silenciosa, de una pobre y humilde mujer. Esta parece tener una confianza en Jesús todavía más desarmante que la de Jairo, hombre importante y muy conocido en Cafarnaún. Ella, mujer humilde y desconocida, ni siquiera se atreve a dirigir la palabra a Jesús. Pero, como Jairo, también ella cree que Jesús puede curarla; piensa que incluso será suficiente con tocar el borde del manto de aquel hombre bueno. Y así sucede. Nadie se da cuenta de nada. Sólo Jesús y obviamente la mujer saben lo que ha ocurrido. Jesús se da cuenta de toda petición, porque conoce la necesidad de aquella mujer y de cada uno. Cuánto le cuesta a los discípulos comprender esta atención de Jesús, hasta el punto que le dicen: "Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: ¿Quién me ha tocado?'". Incluso en medio de la multitud y en la confusión, toda curación tiene lugar siempre a través de una relación directa con Jesús, aunque esta ocurra tan sólo tocando el borde de su manto. Sin embargo, es necesario que esa mujer cruce la mirada con Jesús y le escuche decir: "Vete en paz y queda curada de tu enfermedad".