Memoria de la Iglesia

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Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Yo soy el buen pastor,
mis ovejas escuchan mi voz
y devendrán
un solo rebaño y un solo redil.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Lucas 9,22-25

Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho, y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.» Decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Les doy un mandamiento nuevo:
que se amen los unos a los otros.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El episodio del Evangelio de Lucas nos sitúa en el camino de este tiempo cuaresmal. Es bueno reflexionar en tiempo de Cuaresma sobre la responsabilidad que cada uno de nosotros tiene ante sí: elegir la senda del bien o la del mal. Jesús vuelve sobre este tema en el pasaje evangélico: "Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará". De forma natural todos nosotros tratamos de pensar en nosotros mismos, de salvarnos de toda dificultad, de todo problema o angustia; pensamos sobre todo en nosotros y en nuestra propia afirmación. Es el instinto malvado del amor por uno mismo, arraigado en el corazón de todo hombre. Ese instinto, mientras nos empuja a pensar sólo en nosotros, nos lleva también a desinteresarnos por los demás, e incluso a ser hostiles y violentos, sobre todo cuando les percibimos como posibles rivales y enemigos. Pero de este modo todos salimos perdiendo. El amor sólo por uno mismo lleva inexorablemente a perder la paz e incluso la vida. Por el contrario, el que la gasta para construir un mundo mejor, se gana a sí mismo y también a los demás para la vida. Jesús advierte: "¿De qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina?". La sed de ganancias se ha convertido en una fiebre continua que sin embargo nos lleva a la ruina. ¡Cuántas vidas son sacrificadas en el altar de los beneficios! ¡Cuántas familias, cuántas amistades y vínculos se consumen para dar la primacía a las ganancias! Jesús enseña otro camino, y no con las palabras sino con el ejemplo: él se dirige a Jerusalén para salvarnos, para amarnos, a pesar de que esta elección conlleva sufrimiento e incluso la muerte. Pero "al tercer día" resucitará y comenzará el reino nuevo del amor. Jesús no es un Mesías poderoso y fuerte como querrían los hombres; él ha venido para dar su vida en rescate por todos. Su fuerza es la del amor que no conoce límites. Dirigiéndose a todos los que lo siguen explica las exigencias del seguimiento del Evangelio: alejarse del propio egoísmo, renunciar al amor sólo por uno mismo, abandonar las costumbres egocéntricas de siempre y asumir el mismo estilo de vida de Jesús, es decir, no vivir ya para sí mismo sino para el Evangelio y para los pobres. Es el sentido de la exhortación "negarse a sí mismo y tomar la propia cruz". Es el camino de los verdaderos beneficios: quien quiere conservar su vida, es decir, sus propias costumbres y tradiciones egocéntricas, la perderá. Y al contrario: quien se apasiona por el Evangelio y por los pobres recobrará su vida enriquecida y plena.