Memoria de Jesús crucificado

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Memoria de san Policarpo, discípulo del apóstol Juan, obispo y mártir (+155).


Lectura de la Palabra de Dios

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Este es el Evangelio de los pobres,
la liberación de los prisioneros,
la vista de los ciegos,
la libertad de los oprimidos.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

Mateo 5,20-26

«Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.

 

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El Hijo del hombre,
ha venido a servir,
quien quiera ser grande
se haga siervo de todos.

Gloria a ti, oh Señor, sea gloria a ti

El pasaje evangélico de Mateo que hemos escuchado hay que situarlo en el contexto del gran discurso de la montaña. Jesús acaba de decir que ha venido a completar la ley y no a abolirla. Esto significa que Jesús no se aparta de la ley, sino que capta en ella el pensamiento profundo de Dios, su mismo corazón. La justicia de la que habla Jesús, por tanto, no consiste en un igualitarismo matemático exterior, por otra parte imposible, sino en la realización del amor sin límites de Dios, que se acerca a cada uno según sus necesidades. Por ello Jesús añade con una severa advertencia: "Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos". Ser bueno como los fariseos -quiere decir Jesús- vale tanto como no serlo en absoluto, y lo explica con palabras que nadie se ha atrevido a decir antes que él, y que nadie ha escuchado sino del Evangelio. Jesús no propone una nueva casuística o una nueva praxis jurídica, sino una forma nueva de entender las relaciones entre los hombres. Llega al corazón del odio, que lleva a la eliminación del adversario. De hecho el odio comienza a partir de pequeñas cosas como la rabia, que con demasiada frecuencia marca nuestra convivencia, y de palabras que parecen inocuas, como llamar imbécil o renegado al otro. Jesús afirma que sólo el amor es el cumplimiento de la ley, y que sólo en el amor es posible ir más allá de la enemistad. Es necesario, por tanto, pasar de un precepto en negativo (no encolerizarse, no llamar imbécil, no matar) al positivo de la amistad entre nosotros. El amor es la fuerza nueva que Jesús ha venido a donar a los hombres, llegando a decir que el ejercicio del amor tiene un valor tan alto que su falta obligaría a interrumpir incluso el acto supremo del culto. La "misericordia" vale más que el "sacrificio"; el culto, como relación con Dios, no puede prescindir de una relación de amor con los hombres, y es el amor el que debe dirigir nuestras acciones. Por ello Jesús, cuando hay conflictos, aconseja ponerse de acuerdo antes que ir a los tribunales. No se trata sólo de la conveniencia de no acabar en prisión, sino de practicar un estilo fraterno. De esta forma no sólo se supera la pura observancia legal sino que se crea ese modo de vida solidario que hace estable y bella la convivencia entre las personas y los pueblos.